El pasado 1 de septiembre, el ministro del interior de Alemania, Alexander Dobrindt, señaló a Rusia de llevar a cabo un ataque híbrido contra su país, haciendo referencia a los tres drones que fueron descubiertos entre el 4 y el 5 de agosto en el aeropuerto de Leipzig/Halle, el cual es un centro logístico importante para la OTAN y, especialmente, para los aviones de carga con ayuda militar que se envían a Ucrania.
Los servicios de inteligencia alemanes llegaron a tal conclusión al menos por los siguientes tres puntos: 1) encontraron un dron sin explotar, lo cual les permitió analizar su diseño y compararlo con los drones recuperados en la guerra de Ucrania; 2) identificaron patrones repetidos por el tipo de objetivo (una instalación crítica) así como los medios utilizados (drones con su respectiva carga explosiva y detonador) y 3) el hecho de que se trató de un ataque profesional utilizando tácticas de alto nivel, pero curiosamente, conducido por personas sin entrenamiento para ejecutarlo, lo cual es un modus operandi denominado “agentes desechables”, que la Unión Europea atribuye a Rusia para evitar que sus agentes profesionales sean arrestados e interrogados.
Dicho acto fue la primera vez que un alto funcionario de Estado reconoció públicamente que estamos en la era de las guerras híbridas. Si bien es un concepto que se ha analizado en la academia (al menos en las últimas dos décadas), pocos se atrevían a reconocer que las operaciones híbridas son la nueva realidad de los conflictos bélicos y que las fuerzas armadas han tenido que adaptarse a ellas. Otro aspecto de esta convergencia es que las guerras tradicionales suelen ser demasiado costosas y devastadoras para los Estados que participan en ellas, por lo que la tendencia de sus estrategas fue alejarse de la guerra total y buscar alternativas menos costosas en términos de poder nacional y reputación internacional.
Una obra que nos ayuda a entender las transformaciones de los conflictos modernos es The Weaponization of Everything, del autor británico Mark Galeotti (2023), que pronto se convirtió en un texto multicitado por analistas y teóricos de seguridad y defensa. El autor analiza numerosos ejemplos históricos y contemporáneos para ilustrar cómo se han transformado los instrumentos de la guerra, los cuales ya no se limitan a los dominios terrestre, naval y aéreo.
Lo anterior se observa claramente en la guerra de Ucrania, en la que los ciberataques fueron el preludio a la invasión terrestre, llamada por Putin “operación militar especial”. ¿Quién mejor que Rusia para saber que un ciberataque contra una instalación eléctrica en pleno invierno puede resultar más efectivo que otros métodos? En contraparte, apenas hace cinco meses, el presidente de Ucrania anunció el uso, por primera vez en la historia, de sistemas robóticos terrestres para ejecutar operaciones en el frente de batalla.
Galeotti retoma otros enfoques familiares para los estudiosos de la guerra, además de la guerra híbrida de Hoffman, la guerra asimétrica, la guerra de tolerancia, la guerra no lineal, la doctrina Gerásimov de Rusia y la guerra irrestricta de China. En un mundo globalizado con claras señales de sentido a la inversa, los conflictos bélicos también cambiaron de tal forma que la interconectividad creó las condiciones para pelear sin contacto y sin derramamiento de sangre. Sin embargo, y tal como dijo Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, sólo que ahora puede tomar, por ejemplo, la forma de diplomacia coercitiva o de renegociación de tratados, aludiendo a la seguridad nacional.
Otros viejos conocidos que son resignificados en la guerra híbrida, son los espías y mercenarios contratados bajo la modalidad de outsourcing. En el primer caso, los atentados terroristas del 9/11 obligaron a incrementar la demanda de inteligencia, después de años de contracción de la misma al finalizar la Guerra Fría. Galeotti señala que el gobierno estadounidense llegó a subcontratar hasta un 70% de su inteligencia a empresas privadas, lo que derivó, por ejemplo, en las filtraciones de Edward Snowden, contratista de Booz Allen Hamilton que trabajaba como analista para la National Security Agency (NSA).

En el caso de los militares privados, el problema fue cuando las fuerzas armadas de Estado comenzaron a ser utilizadas por diversos países (no sólo en México) para tareas no tradicionales de defensa nacional para proteger, proyectar y preservar influencia geopolítica, así como para cubrir todo el catálogo de acciones contempladas en la seguridad ampliada: el famoso binomio “freedom from fear, freedom from want” (libertad del miedo, libertad de las necesidades) que convirtió a las fuerzas armadas en una especie de “navaja suiza” o herramienta multifuncional flexible para ser desplegados en operaciones que se encontraban en la frontera de lo que es y no es seguridad y defensa nacional, desde crimen organizado hasta pandemias, lo que en algún momento Barry Buzan bautizó como “securitización”.
También toma relevancia la diplomacia no tradicional, así como el uso intensivo de lo que Joseph Nye clasificó como soft power (poder blando) con el cual los países buscan ejercer influencia en otros mediante vínculos como, por ejemplo, la diplomacia animal (pandas de China y koalas de Australia), diplomacia musical (K-pop de Corea), gastrodiplomacia y “drinkplomacy” (México), diplomacia digital, diplomacia académica o la diplomacia multisectorial y de ONG. Esta forma de diplomacia no tradicional también ha tenido repercusiones en el corazón del poder duro de Nye, como es el caso de la participación de militares de Estado en las operaciones de paz de Naciones Unidas.
Los influencers no son sólo tema de las juventudes en redes sociales, también se han posicionado como un motor fundamental de causas políticas y movilización de opinión pública. Galeotti considera que un influencer puede ser un Estado, una corporación multinacional, un think tank o un individuo que, aprovechando la democratización tecnológica, pueden ser contratados para posicionar temas en la agenda social bajo la máscara de puntos de vista independientes, lo cual está relacionado, a su vez, con la crisis de los medios de comunicación y noticias tradicionales sobre el control de la información y el proceso de formación de opinión pública.
Precisamente en este tema es donde Galeotti construye el puente hacia las operaciones de influencia, las cuales se relacionan con nuestro artículo de agosto sobre desinformación y guerra cognitiva. Como sabemos, la información es un activo muy valioso, por tal razón, la inteligencia artificial y la computación cuántica se han convertido en recursos estratégicos de poder con proyección al futuro, como lo hemos visto en las últimas semanas sobre el cuestionamiento de exempleados y líderes de Open AI, Anthropic y X sobre la viabilidad de la existencia humana frente a la IA de automejora recursiva capaz de generar ciberataques, armas biológicas y ataques nucleares.
Galeotti señala también el uso de empresas privadas como proxy, específicamente analiza el caso de Huawei y su relación con el espionaje electrónico del gobierno chino y de cómo lo barato de producir en ese país, al final resultó mucho más costoso en términos de operaciones de influencia y contrainteligencia para las sociedades democráticas y economías liberales, donde los países más vulnerables terminan siendo sobredependientes en materia de inversión, energía, materias primas, así como en mercados de importación y exportación.
Los temas considerados aquí ni siquiera alcanzan la mitad de los expuestos por el autor. Al final, como él mismo reconoce, la resiliencia de un país será la fuente de determinación para asumir los costos de la independencia política. Aquí es donde debemos preguntarnos: ¿A los intereses nacionales de quién o de quiénes les conviene que un determinado país se mantenga en inestabilidad y vulnerabilidad para hacer frente a las amenazas y ataques híbridos?
Fuente consultada:
Galeotti, Mark (2023). The Weaponisation of Everything. A field guide to the new way of war. London, Yale University Press.





