A pesar de las presiones de Estados Unidos, la experiencia comunista –por definición constitucional y no por caracterización crítica– llegó a su fin en Cuba. El jefe de la guerrilla y hombre fuerte Fidel Castro Ruz gobernó la isla en el periodo de lucha 1953-2016, 63 años.
A su muerte, el poder pasó por herencia, prelación y apellido a su hermano menor Raúl, pero a este general de Ejército también le llegó el peso del tiempo: fue presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros hasta 2018 y jefe del Partido Comunista hasta el 2021. En los últimos cinco años el gobierno y el poder de Cuba pasó a manos de la generación que no combatió en la Sierra Maestra.
Con 95 años a cuestas, Raúl Castro es sólo una figura simbólica que aparece eventos públicos, pero con evidencias muy concretas de que nunca se construyó una personalidad popular porque su tarea siempre fue la de controlar las Fuerzas Armadas para el liderazgo de su hermano Fidel.
Raúl fue menos intolerante que Fidel en las relaciones con Estados Unidos, apoyó de manera decidida el acercamiento en 2016 con el gobierno del presidente Barack Obama e inclusive entre Raúl y Obama restauraron las relaciones diplomáticas rotas en 1961 por la invasión de contrarrevolucionarios organizada y financiada por la CIA en Bahía de Cochinos/Playa Girón.
La fuerza política del presidente Miguel Díaz-Canel no le alcanza para la fase decisiva de tránsito de Cuba de nación comunista clásica por mandato constitucional a una economía mixta con dominio del Estado pero amplio sector privado, a pesar, inclusive, de contar con el apoyo de la jerarquía militar. El problema ha radicado en que Fidel Castro colocó a los cubanos un chip anti-Estados Unidos que impide cualquier negociación de un nuevo trato, aunque hay que tomar en cuenta que en nada ayuda la estrategia de confrontación y destrucción del régimen del presidente Donald Trump y menos la personalidad del secretario de Estado encargado de la diplomacia bélica Marco Rubio por descender de una familia cubana que huyó de la revolución en la isla.
El problema de Cuba no es el final histórico de la Revolución Cubana y su aureola comunista y antiestadounidense, sino la falta del liderazgo interno para conducir las reformas que ya se tomaron –172 medidas general es que tratarían de convertir a Cuba en una nación socialdemócrata con mercado dominante–.
Los cubanos, de acuerdo con una frase de la activista Yaoni Sánchez, están “cansados de la utopía”, pero quieren seguir viviendo en ese mundo que han conocido a lo largo de 73 años, más de dos generaciones.





