En días recientes, probablemente por ser año político-electoral en México y Estados Unidos, he leído y escuchado posturas que convergen en la siguiente recomendación: “México tendría que posicionarse abiertamente a favor de Estados Unidos y el Occidente democrático en la competencia estratégica con China”.
Es evidente que este posicionamiento se realiza de buena fe, y trata de aportar elementos de juicio para una política exterior mexicana en medio de una transición geopolítica global y, sobre todo, con evidentes tensiones en la relación bilateral México-EU. Me parece, no obstante, que el posicionamiento arriba expuesto es equivocado. Me explico.
Una política exterior de alineación total, no responde a las nuevas dinámicas que están poniendo a prueba, hoy por hoy, la resiliencia de la relación bilateral México-EU. En esta ocasión no me refiero a los retos y oportunidades que representa una transición geopolítica global, sino a factores eminentemente de política interna estadounidense, concretamente, la polarización en dicho país.
Conviene ser realistas, a fin de evitar en el futuro desilusiones ideológicas y, más importante todavía, sorpresas desagradables: la multiplicidad y profundidad de temas en la relación bilateral México-EU se tiene que analizar a la luz de la polarización social y política por la que atraviesa nuestro principal socio. Ya sean temas económico-comerciales, de seguridad, recursos naturales, migración y un vasto etcétera.
Es inviable operar una política exterior abiertamente a favor de EU cuando, por ejemplo, narrativas como las de emplear la fuerza militar unilateralmente para combatir a los grupos delictivos en México adquieren cada vez mayor tracción en sectores importantes de la sociedad estadounidense. Por otra parte, sería un despropósito equiparar los logros económicos o comerciales de México en la relación bilateral –que indudablemente los hay–, con el cumplimiento de su interés nacional; máxime si vuelve a Washington un gobierno proteccionista y abiertamente hostil hacia México o su interés nacional.
Tengo la impresión de que mis colegas y un servidor coincidimos en lo esencial: la vecindad de México con EU seguirá siendo uno de los principales activos que tenemos como país. No obstante, y precisamente por esta relevancia, es necesario situar la relación bilateral en la actualidad. De modo tal que no hay dilema: México tendrá que encontrar un fino equilibrio que le permita, por una parte, honrar la relación que le une a EU y, por la otra, reducir sus asimetrías con quien actualmente atraviesa por un severo desequilibrio político interno.
Ver el potencial de la asociación México-EU no tiene que ser sinónimo de evadir los retos que actualmente la marcan. Y hoy, el reloj de la relación bilateral obliga a que nuestro país se maneje lo mismo sin ingenuidad ni abnegación e, igualmente importante, sin temor o ensimismamiento.





