Ha pasado el debate entre Kamala Harris y Donald Trump por la presidencia de los Estados Unidos. Lo que arrojan la mayoría de las encuestas confiables es que ambas propuestas están en un empate técnico. Lo anterior tendría que parar las antenas de propios extraños, pues una vez más ha quedado manifiesta la división de la sociedad estadounidense.
Temas como el aborto, el control de armas o la inmigración son ejemplos que ponen de relieve, especialmente en coyunturas electorales, dos visiones opuestas sobre lo que significa actualmente la libertad y la democracia en la Unión Americana. Preocupa, como lo señalara hace tiempo George Packer en la revista The Atlantic (julio/agosto 2021), que la sociedad en EU haya dejado de estar de acuerdo en el propósito, valores, historia o significado de la nación estadounidense. El expresidente Donald Trump personifica un extremo del espectro político. No obstante, el trumpismo sobrevivirá a Trump en la medida en que haya sectores que se identifiquen con esa propuesta política.
Resulta inevitable, por lo tanto, analizar la relación bilateral México-EU según lo que sucede en la política doméstica estadounidense. A pesar de los lazos que nos unen, la relación bilateral podría tornarse más volátil y ambivalente, en función del desplazamiento ideológico en EU, así como de lo que esto se traduzca en términos de políticas públicas. En tanto se ajustan los equilibrios políticos al interior de EU, nuestro principal socio tendrá problemas en interpretar la relación que mantiene con México. En otras palabras, ya no se trataría de unos “vecinos distantes” como el periodista británico Alan Riding definió a la relación bilateral, sino de una concepción más acercada a la noción “amigo-enemigo” de Carl Schmitt.
Tradicionalmente, los gobiernos de México y EU han sabido aislar los conflictos coyunturales que han surgido, a fin de evitar que contaminen la multiplicidad de ejes temáticos en la relación bilateral –la anomalía, de hecho, se dio durante la administración Trump. No obstante, otra razón por la que importa monitorear la relación bilateral en el contexto de la polarización en EU es porque aumenta la probabilidad de que esos ejes temáticos se mezclen e, incluso, se utilicen como herramienta de coerción.
Más aún, asuntos que se consideran parte de la institucionalización de las disputas entre México y EU, podrían volver a ser motivo de controversia. El agua podría ser un ejemplo, sobre todo si se considera la creciente preocupación que despierta el desabasto de este recurso en ambos lados de la frontera, particularmente por las pérdidas económicas y el descontento social que puede ocasionar en los estados fronterizos de ambos países.
Recién conmemoramos los 200 años de nuestra relación con EU, país que seguirá siendo nuestro principal socio. Sin embargo, no podemos ser omisos ante los desequilibrios político-sociales en dicho país, pues es probable que tengan implicaciones para la relación bilateral en su conjunto. Será un época de prueba para esta relación inacaba.





