La política exterior latinoamericana de la Casa Blanca se quedó pasmada en 1962 cuando logró que la organización de Estados Americanos expulsara a la Cuba autodeclarada comunista de la comunidad de estados latinoamericanos. Hasta ahí llegó el enfoque geoestratégico y de seguridad nacional de Washington y a lo largo de casi sesenta años todo ha sido improvisación y gestión de los intereses de la comunidad cubana en Florida y Washington, incluido el presidente Joe Biden.
Los gobiernos estadounidenses del período de la guerra fría colocaron a Cuba en el cajón de los intereses soviéticos –lo cual era cierto–, pero sin entender la dinámica regional de América Latina y el factor ideológico cubano. El fracaso de la guerra de Vietnam,
el acercamiento de Nixon a China, el guerrerismo galáctico de Reagan y la frivolidad de Clinton a Trump voltearon la espalda a Cuba, pero sin desarrollar un enfoque estratégico imperial verdadero para América Latina.
Con una referencia usada por el presidente Mao, se puede referir a Estados Unidos como un imperialismo “de papel”, como aquel tigre descrito sólo para asustar incautos. El compromiso del presidente Kennedy en la crisis de los misiles de 1962 de no invadir nunca Cuba a cambio del retiro de los cohetes nucleares quedó como un principio superficial de definición de relaciones de América Latina con Washington.
Para la Casa Blanca, América Latina es solo un patio trasero y por lo tanto una zona estratégica que ha pululado en los últimos años sin rumbo. La salida estadounidense fue la promoción de dictaduras militares en los setenta, golpes de Estado promovidos por la CIA y configuración de una comunidad militar adoctrinada en seguridad nacional estadounidense y basada en el control social de las masas, aunque sin proporcionar ningún nivel de bienestar.
Solo hay dos polos, no tres
En los últimos años, la Casa Blanca intervino en América Latina sólo para depurar el manejo de sus intereses con gobiernos subordinados a los criterios de Washington, actuando con dureza militar en los casos chileno, panameño y nicaragüense. Para el gobierno estadounidense América Latina fue un riesgo de seguridad estratégica ideológica y no una comunidad social con posibilidades de alianzas productivas.
El fracaso de la revolución cubana y de la revolución sandinista tranquilizó a la comunidad civil, militar y privada de los servicios de inteligencia y seguridad nacional porque percibieron que en América Latina no existían condiciones para repetir el fenómeno ideológico comunista de Cuba. Por eso, la Casa Blanca pudo entenderse con las revoluciones nacionalistas en Panamá, Venezuela, Bolivia y Nicaragua y no pareció muy preocupada por El Salvador.
La reciente crisis de Cuba con las protestas sociales en las calles, sin liderazgos partidistas opositores y sin figuras sobresalientes con consenso local atrapó a la política exterior del presidente Biden en los enredos militaristas de la OTAN, en la falta de una estrategia para negociar y administrar los voluntarismos rusos de Putin y en el menoscabo de comprensión del significado de China como la posibilidad de un nuevo imperio económico-militar.
Los agobios de Europa
Justo en los días recientes de la OTAN, el presidente Biden fijó el precario alcance de su política estratégica hacia América Latina en los mismos términos que el presidente Donald Trump: ver a los países de América Latina y sobre todo de Centroamérica sólo como una amenaza migratoria y no como la desarticulación de la gestión política de un continente abandonado a la suerte del liderazgo populistas locales. La frase de la vicepresidenta Kamala Harris de que “no vengan a Estados Unidos porque los vamos a regresar” fue la mejor expresión del aislacionismo trumpiano de Biden y de la inexistencia de una verdadera política exterior del imperio hacia las comunidades internacionales asociadas.
El presidente Obama y su vicepresidente Biden iniciaron en 2014 el proceso de reanudación de relaciones diplomáticas de Estados Unidos con Cuba, pero se encontraron con la necedad ideológica del anciano dictador Fidel Castro que vio en esa decisión geopolítica estratégica del imperio una derrota de su adversario histórico y no una oportunidad para avanzar hacia una transición ideológica y geopolítica que enlazará la crisis del campo comunista de 1989-1991. La Casa Blanca con Trump y Biden tampoco pudo definir un enfoque de utilidad estratégica de la crisis de Cuba y de las relaciones diplomáticas para impulsar en la isla una transición de régimen y de sistema económico sin afectar la historia de la revolución cubana.
EU: hegemonía imperial
Sin un espacio estratégico que pudiera abrir la geopolítica de Washington, la crisis reciente en Cuba terminará con mayor represión, menores espacios democráticos y la consolidación de una nueva burocracia militar-política que sustituya la atrofiada y estratégica del anciano patriarca Raúl Castro Ruz como personaje de Gabriel García Márquez devorándose a sí mismo.
Las primeras respuestas de Washington a la crisis cubana confirmaron las peores previsiones de incapacidad estratégica para entender la crisis cubana y para abrir desde la Casa Blanca algunos canales de distensión. Cuando el gobierno militar de Raúl Castro vuelva a aplicar la represión contra los cubanos, el gobierno estadounidense seguirá pasmado como lo ha estado desde la victoria de la revolución cubana en el año nuevo de 1959.
Y si Estados Unidos no tiene una salida, los demás países latinoamericanos seguirán dando vueltas en sus laberintos nacionales rumiando en secreto que la culpa de la crisis de Cuba la tuvo siempre Fidel Castro y la seguirá teniendo porque nunca pensó en una transición de sí mismo.





