Aunque en el fondo tuvo la tentación el poder absoluto de la Presidencia de Estados Unidos para buscar un tercer periodo de gobierno que la Constitución no lo permitía, Donald Trump está pensando en el largo plazo y ya dejó sembrado el camino para que su proyecto vaya más allá del 20 de enero de 2029 en que tendrá entregar la Casa Blanca.
Los análisis prospectivos tienen ya que hay incluir la variable del continuismo en la figura señalada públicamente de Marco Rubio, secretario de Estado de origen cubano y el más activo pivote de Trump en Washington. La carta del vicepresidente J. C. Vance en realidad no tuvo el efecto en la clase política republicana y desde luego que menos en la opinión pública.
El estreno de Rubio fue la organización de una convención que tuvo la presencia de más de 60 países bajo el tema de la ultraderecha y el terrorismo pero con especial cuidado para no generar falsas expectativas sobre el tema: en un documento oficial el Departamento de Estado mandó un mensaje que debe de interpretarse: “contrarrestar el resurgimiento del terrorismo político”.
No hay que ir muy lejos para encontrar una explicación al esquema ideológico de la Casa Blanca dentro y más allá del 2029: la reconstrucción del equilibrio político de la guerra fría 1961-1991, desde el Muro de Berlín hasta la desaparición de la Unión Soviética. El fantasma del comunismo que sí fue real, como lo demostraron las crisis en Corea, Vietnam, Cuba, la URSS y China y ese pretexto concentró el poderío militar, económico geopolítico en Estados Unidos y fue el elemento que permite la construcción de la primera potencia dominante en el planeta.
La reunión en contra del terrorismo político de la extrema izquierda que encabezó Rubio a mediados de julio pasado fue el tercer paso de Washington para construir un bloque ideológico: el primero fue la revalidación de la Doctrina Monroe en todo el planeta –y ya no sólo en el continente americano– y el segundo quedó claro con el apoyo personal y político de Trump a gobiernos conservadores en América latina, el Caribe y Europa.
El mensaje final está más claro que el agua: Trump no sólo está batallando para imponer su modelo conservador y su figura personal, sino que está dando los casos para una continuidad de su proyecto de reconsolidación del imperio que se fortaleció en la guerra fría del segundo tercio del siglo XX.
Y el segundo mensaje también está muy nítido: la grandeza estadounidense dominante de los últimos 75 años debe continuar.





