Bastante decepcionados quedaron los sectores políticos institucionales estadounidenses que pensaban que Donald Trump había madurado en los últimos cuatro años en la oposición y que había podido entender algunas –muy pocas, quizás las más indispensables– reglas del juego político americano.
Días después de que la vicepresidenta Kamala Harris, con mucho pesimismo, concedió su derrota, Trump desenvainó su celular y comenzó a bombardear a Estados Unidos y el mundo con tuits que sacudieron la modorra poselectoral.
Trump amenazó con invadir militarmente a México, se burló sin piedad del primer ministro canadiense Justin Trudeau, desdeñó a la OTAN, le hizo guiños a Vladimir Putin y Xi Jinping, le quitó valor amenazante a Corea del Norte y planteó el escenario de política exterior que suele ser el eje de funcionamiento del Estado estadounidense.
Análisis Estratégico
A diferencia de las concesiones que hizo en la designación de su primer equipo de gobierno en su presidencia de 2017-2021, esta vez Trump comenzó a bombardear con nombramientos que representaban toda la amplia gama de figuras de la ultraderecha local y fijó como prioridad el tema de la deportación de migrantes que estaban en Estados Unidos sin haber pasado por el cumplimiento de las reglas migratorias.
El Trump de la segunda presidencia formal es el mismo de la primera: sanguíneo, imprudente, irrespetuoso, unidireccional, centralizador de todas las decisiones, superficial y sobre todo con agresividad que rayó en la grosería, la falta de respeto y la indiscreción.
Estos datos revelan que la tercera presidencia de Trump será igual a la primera en la Casa Blanca y a la segunda en la oposición y que en realidad carece de un proyecto de gobierno institucional y que todas sus decisiones y pronunciamientos vía twitter se harán al margen de las instituciones, pero esta vez con responsables de área que no responden alianzas formales o a complacencias institucionales. Trump no tendrá colaboradores sino obedientes funcionarios.





