Biden, un presidente de corto plazo

Biden, un presidente de corto plazo

El conflicto poselectoral del presidente Donald Trump ha centrado la atención en los comportamientos de la líder legislativa demócrata Nancy Pelosi, sin que se advierta alguna dirección política por parte del expresidente Barack Obama o del presidente Joseph Biden.

Los efectos de los juicios contra Trump en el Capitolio estarán determinando los márgenes de acción política de los cuatro años de gobierno de Biden.

A finales de la campaña y en los primeros días posteriores a las elecciones, el presidente electo Biden se vio agobiado, sin destino político, no se sabe si por no provocar a Trump o porque en verdad carecía de propuestas alternativas de acción.

El choque Trump-Nancy Pelosi rompió el poder presidencial –del que se va y del que llegaba– y dejó en el Capitolio la responsabilidad de gestión política de una crisis progresiva.

Biden tiene en su haber una formación policía que lo había hecho en un par de ocasiones anteriores figura presidenciable; en el 2016 era el candidato natural a la presidencia por su papel como vicepresidente de los ocho años de gobierno de Obama, pero por alguna razón y compromisos secretos emergió la nominación de Hillary Clinton, esposa del presidente William Clinton, abogada, con la experiencia de poder que le dio su papel de ocho años de first lady con espacios de definición y operación de políticas, apenas un par de años senadora y cuatro años de polémica secretaria de Estado de la administración Obama.

A pesar de su personalidad y posicionamiento mediático, Hillary nunca pudo tener ventajas sobre Trump ni supo capitalizar sus tres posiciones de ventaja comparativa: la élite liberal demócrata de su marido Clinton, su condición de mujer y su imagen de poder.

Ni Obama ni Hillary entendieron el clima antiliberal del 2016 ni calibraron bien la personalidad de Trump, a pesar de que a lo largo de la campaña cometió errores estratégicos de personalidad.

Hillary y Obama se confiaron en las encuestas y no atendieron el activismo de los sectores conservadores radicales, puritanos y supremacistas.

Y en el mismo sentido, ni Hillary ni Obama quisieron hacer una evaluación critica del saldo real, en niveles social y de raza, de los ocho años de gobierno de Obama ni del desencanto de las masas.

De la larga lista de aspirantes demócratas a la candidatura, en el realismo político sólo destacaron tres: Biden, el autodenominado socialista Bernie Sanders y la senadora Elizabeth Warren.

Kamala Harris participó en la primera fase, pero se retiró a tiempo ante los indicios de que no obtendría la nominación y luego de un acuerdo político con Biden para ser su vicepresidente.

Por eliminación Biden obtuvo la candidatura presidencial en 2020 que le correspondía en 2016.

Biden careció de un proyecto real, dejó que las circunstancias y tensiones políticas lo perfilaran cono el anverso de Trump.

Es decir, apostó a los errores de Trump. En los hechos, Biden fue beneficiario del voto demócrata adicional al de 2016 que le dio la campaña mediática severa de los medios del establishment contra Trump.

Al final, Trump aumentó sus votos de 2016, pero Biden logró más votos que Hillary; en voto popular la diferencia a favor de Biden fue de siete millones, sobre los tres millones de votos populares de Hillary sobre Trump en 2016.

La campaña presidencial de 2020 soslayó el clima racial de conflicto, dejando que se acumularan resentimientos y contradicciones.

Biden se conformó con prometer un gobierno institucional, ajeno a los protagonismos destellantes tipo Trump y en función del modelo de consenso tradicional interno: apoyo a pobres, refuerzo de empresas, regreso del dominio militar en el mundo y recuperación del papel hegemónico de los EE.UU., en el planeta.

Trump había replegado el poder mundial de los EE.UU., planteando que la fuerza exterior debía ser producto del refuerzo de la dominación supremacista en el interior.

El resultado electoral mostró el reacomodo social basado en el aumento de la votación demócrata.

Ante las quejas de Trump y el conflicto poselectoral anunciado, Biden y los demócratas prefirieron apostar al juego institucional.

Los mensajes de Trump de que no aceptaría las decisiones institucionales ni el recuento oficial y las demandas jurídicas de fraude avisaron de un Trump dispuesto a la guerra.

La reunión legislativa para el recuento de votos electorales necesarios para el ungimiento oficial de Biden ignoró los llamados de Trump a la pelea.

El discurso de Trump el 6 de enero azuzando a sus seguidores a tomar el Capitolio hizo estallar la crisis institucional por la invasión momentánea y sin visos de golpe de Estado de hordas enojadas contra las instituciones.

El gobierno de Biden enfrentará cuando menos tres restricciones: la crisis política heredada por los comportamientos irritables de Nancy Pelosi, la falta de un proyecto real de gobierno de Biden y las expectativas de que la edad le permitirán sólo estar cuatro años en la Casa Blanca (asumirá la presidencia con 79 años y enfrentaría la posibilidad de la reelección con 83 años, y una salud que le impide movilidad, fuerza y atención).

La vicepresidenta Kamala Harris aparece como la candidata natural, pero no se descartan potras figuras para el 2024.

El enfoque de nueva unidad nacional que se le ha pedido a Biden no aparece en sus discursos ni en su gabinete de burócratas medios de los tiempos de la presidencia de Obama.

Aunque al cambia el gobierno no se tienen indicios de los planes de Trump, de todos modos, la herencia trumpiana ha sido la de un país fracturado en lo social y polarizado en lo político.

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