A ciencia cierta no se tiene una definición tan exacta del término. Un concepto jurídico lo refiere a una infracción penal que se comete contra el Estado o el gobierno, y de ahí el carácter de peligrosidad o grave amenaza a los valores democráticos.
Veamos su origen y evolución. En la antigüedad, civilizaciones como Grecia y Roma, donde se dieron las primeras luces a los sistemas de gobiernos que hoy conocemos, surgió una forma política de rebelión y traición hacia las figuras de poder. Cito como ejemplo, dantesco por demás, el asesinato de Julio César (44 años antes de Cristo), ocurrido dentro del Senado romano, y perpetrado por los propios miembros de la sala.
La figura de magnicidio -del latín magnus-, que significa «grande», y el sufijo cidio -del verbo latino caedere-, que significa «matar»; en todas sus variaciones: tiranicidio o regicidio, aparece como una forma de crimen político que atenta directamente contra reyes, emperadores, monarcas y jefes de gobierno, por parte de enemigos externos a su círculo de poder.
Otros tipos de crímenes políticos son los golpes de Estado. Un alzamiento militar, por ejemplo, o ruptura brusca del hilo constitucional a través del uso de la fuerza o por presión interna mediante manifestaciones y protestas violentas, son crímenes que no sólo subvierten el orden establecido, sino que socaban los cimientos de la libertad.
Estados Unidos, la primera República del continente americano, cuenta con una larga lista de crímenes políticos, destacándose por tener el mayor número de casos de atentados y magnicidios en la región.
El homicidio de importantes e influyentes figuras de la sociedad, tales como el de Martin Luther King, líder de movimientos que exigían el cese a la discriminación racial y desigualdad social, y del senador Robert Kennedy, hermano del también asesinado presidente de ese país, John F. Kennedy, éste último víctima de un magnicidio el cual hasta la fecha se desconoce su verdadero trasfondo político, son algunos de los más impactantes.
En América Latina ha habido una tradición de golpes de Estado y dictaduras, regímenes que recurrían a distintos delitos como método para hacerse del poder y derrocar a sus oponentes.
No existe ideología única detrás del crimen político. Un criminal actúa impulsado por el deseo de causar un daño ya sea por la codicia, la ambición de poder, el odio, el revanchismo o la venganza; entre sus múltiples causas podrían estar las emocionales y mentales que la generan o factores sociopolíticos, religioso o morales que la fomentan.
Para los sociólogos, sicólogos, criminólogos y cualquier otro estudioso del tema, los criminales son personas que padecen algún tipo de trastorno antisocial y, en su condición de sicópatas, son muy crueles cuando buscan alcanzar el poder o permanecer en él, siendo la criminalidad su herramienta para alcanzar dichos fines.
Apenas ha transcurrido un cuarto del siglo XXI y la situación no ha variado mucho. El crimen político ha evolucionado, ir a la cabeza o la eliminación física del líder adversario ya no es lo principal.
El terrorismo ha traído una novedosa forma de crimen político: atacar a las masas y sembrar el terror en los partidarios del enemigo objetivo. La persecución y la restricción de libertades y derechos civiles tales como la censura, el encarcelamiento o la desaparición y migración forzosa, hoy en día siguen siendo una práctica muy común en países que atraviesan crisis de gobernabilidad.





