El uso del ciberespacio en múltiples esferas de la vida cotidiana de los individuos, actores no estatales y Estados-Nación, han hecho a la ciberdefensa, directamente vinculada con el desarrollo de resiliencia y la disuasión, un aspecto clave para garantizar el desarrollo de capacidades de ciberseguridad.
De acuerdo con Chase & Chan (2016) la importancia de las redes informáticas, Tecnologías de la Información (TIC´s), y Tecnologías de la Operación (TO´s), así como el alcance de las dinámicas de riesgo en la sociedad derivadas de un ciber incidente, han cimentado la necesidad de los Estados, con pretensiones de consolidar su presencia en este campo, de avanzar en el desarrollo de estas dos estrategias de acción y reacción que les permitan alcanzar una superioridad en este dominio.
En los hechos, las estrategias de seguridad nacional o libro blanco de países de la OTAN y regiones del resto del mundo han contemplado los dos esquemas desde el inicio de la era de las Amenazas No Convencionales en los estudios de seguridad internacional.
Por su parte, el avance de las tecnologías y la comprensión de los riesgos cambiantes, han reforzado más que nunca la identificación de vulnerabilidades y la comprensión de riesgos que pueden provenir un ciberataque.
En este sentido, los países de la OTAN han sido el conjunto de naciones que más avanzado en la evolución sus Estrategias Nacionales de Ciberseguridad (ENCS) y en la utilización de metodologías y métricas que permiten consolidar las capacidades de resiliencia y disuasión.
Asimismo, la evolución de una ENCS de una segunda a tercera estrategia gubernamental en la materia muestra la capacidad de evolución y adaptabilidad del Estado- Nación, en este dominio estratégico para el poder nacional.
Para comprender las nociones de disuasión y resiliencia en el ciberespacio, autores como Bodeau, McCollum y Fox (2018) expresan que es necesario comprender el ciclo de vida de un ciber ataque o incidente.
En ese sentido, se presentan las siete etapas que contemplan el desarrollo de un ataque cibernético.
El ataque puede ser dividido en dos periodos, una fase previa – que contempla el reconocimiento, armarse y entrega del malware o ciber arma-, para posteriormente pasar a un punto de explosión, en dónde se determina si la agresión tiene éxito o no en vulnerar el sistema objetivo.
También, se destaca que la primera fase contempla principalmente al actor agresor, que desarrolla un análisis de las vulnerabilidades de los sistemas informáticos, a la par de hacer una medición de las capacidades de disuasión de su adversario.
En este punto, el ciber agresor determina las vías de entrada y niveles de consecuencias, que puedan afectarlo, por una respuesta en represalia por vulnerar los sistemas objetivo de su adversario.
Posteriormente, la fase de medición y efectividad de los niveles y capacidades de ciberseguridad de un Estado-Nación se da posteriormente en la etapa de explosión.
Ya que si el Estado- Nación objetivo de la agresión tiene bien consolidadas sus capacidades de defensa y ha construido una efigie de disuasión frente a sus oponentes, éstos desistirán y no alcanzarán dicha etapa.
Sin embargo, si los oponentes han detectado que existe un gran nivel de éxito de la planeación del ciber ataque y se logra vulnerar el sistema del Estado objetivo, la entrada en acción de las capacidades de resiliencia será vital para neutralizar y eliminar la ciber amenaza.

De esta forma, inicia la segunda fase del ciclo de vida de un ciber ataque, a la cual podemos denominar fase de ciber explotación, y se compone de los niveles de control, ejecución y mantenimiento.
La etapa de control implica que el malware o ciber arma se ha introducido con éxito a los sistemas informáticos y ha empezado una etapa de reconocimiento interno basada en inteligencia, para ampliar su noción sobre las vulnerabilidades del sistema objetivo.
Posteriormente, viene la fase de ejecución, que se vincula en materializar y alcanzar los objetivos por los cuales fue diseñado el ataque.
Por último, se encuentra el nivel más severo que es la etapa de mantenimiento, e implica una presencia de largo tiempo en los sistemas, que se traduce en una ciber explotación, principalmente para recolectar información de las ciber vulnerabilidades, e incluso más datos de los esperados, si el actor agredido no detecta en un tiempo breve la presencia de la ciber arma.
Si el ciclo de vida de una ciber amenaza está centrado en la visión del actor agresor, la etapa de ciber explotación tiene una vinculación más directa con la implementación de medidas de ciber defensa y son la prueba de fuego para las capacidades de resiliencia y disuasión del Estado atacado.
De manera paralela, el actor agredido inicia un proceso de ciber defensa que se presentó en el ciclo de vida de un ciberataque.
En este sentido, se expone que el aprendizaje y medición de capacidades adaptativas de los sistemas de ciber defensa ocupan las cinco fases y cuatro niveles del proceso (Bodeau, McCollum y Fox, 2018).
Por lo cual, la resiliencia es una capacidad que se desarrolla e implementa en cada una de sus etapas.
Por otra parte, el nivel de disuasión sólo se aplica en la cuarta fase del proceso –respuesta- e implica el aplicar represalias en contra del actor agresor, para crear un precedente en el futuro de que las consecuencias fueron más altas, que los beneficios obtenidos del ciberataque.
Los niveles del proceso de ciber defensa, resiliencia y disuasión representan las siguientes actividades, según Bodeau, McCollum y Fox (2018):

1. Identificar: el actor atacado es consciente de una irregularidad en sus sistemas, dispositivos o redes informáticas. En ese sentido, identifica dónde se encuentra la ciber arma y se inicia el proceso de defensa.
2. Proteger: el actor agredido protege y resguarda toda la información vulnerable o expuesta. Asimismo, hace un balance de qué tan grande fue la brecha de información o afectaciones a los dispositivos o sistemas informáticos. A la par de que se inician tareas de recuperación en esta fase en caso de que la agresión haya sido exitosa.
3. Detectar: Una vez iniciados los procesos de recuperación, el actor vulnerado inicia un proceso para detectar el origen de la agresión, puede ser desde un actor estatal (gobiernos, Estados-Nación), actor no estatal organizado (empresa competidora, grupo terrorista, etc.) y no estatal no organizado (hackers o individuos solos), en este punto se tejen hipótesis sobre las motivaciones y objetivos a alcanzar por el ciber agresor y se inician los procesos de respuesta.
4. Responder: implica el ejecutar represalias en contra del ciber agresor para que sea consciente de que las consecuencias superaron los beneficios alcanzados derivados del ciber ataque, puede darse en un nivel entre estados, estado-actor no estatal organizado, y estado-actor no estatal no organizado.
5. Recuperar: Implica la recuperación total de las afectaciones de los sistemas informáticos, estos pueden darse en recuperación económica y prestigio, normalización de procesos y funciones, o reparación de los sistemas dañados.
Asimismo, representa el aprendizaje sumativo del actor agredido para mejorar sus ciber capacidades y adaptación a amenazas, reducir el nivel de vulnerabilidad mediante el cual se introdujo la ciber arma a los sistemas objetivos, y la creación de precedentes de disuasión, para que en el futuro cercano los ciber agresores no alcancen la etapa de explosión, del ciclo de vida de un ciber ataque.
En pocas palabras el modelo de Bodeau, McCollum y Fox (2018) nos permiten analizar múltiples ciber ataques que han sufrido los países alrededor del mundo.
Sirva este pequeño texto para comprender en una mejor perspectiva los ciberataques que viven los Estados-Nación.
Referencias:
• Bodeau, D., McCollum, C., & Fox, D. (2018). Cyber Threat Modeling: Survey, Assessment, and Representative Framework. HSSEDI, The Mitre Corporation.
• Chase, M., & Chan, A. (2016). China’s Strategic-Deterrence Concepts. In China’s Evolving Approach to “Integrated Strategic Deterrence” (pp. 9-18). RAND Corporation.






