La conducción de la nave del Estado requiere de algo que todos los políticos debieran tener, pero que cada vez menos ofrecen; pensamiento estratégico.
Se trata de analizar la realidad y el papel de las instituciones en función de la prioridad número uno: la estabilidad social basada en el equilibrio de exigencias y en la hegemonía del Estado.
El gobierno lopezobradorista enfocó la amenaza del coronavirus como un asunto de salud montado en una ofensiva opositora.
Y así ha sido, aunque con el tema central como verdadera amenaza.
Y con un elemento particular: la salud genera inquietudes sociales porque en mayor o menor medida pone de por medio la vida y las personas juegan con ella, pero no la arriesgan.
La llegada del coronavirus ha sido un asunto de seguridad nacional: el equilibrio político, económico y social para garantizar la gobernabilidad democrática y consolidar la gestión del Estado se está quebrando.
A pesar de que la salud y sobre todo las epidemias forman parte de las variables de seguridad nacional de los Estados, en México no ha habido un enfoque estratégico.
Hacia mediados de marzo, los primeros contaminados parecían tener orígenes externos, es decir, viajeros. A partir de abril se prevé la contaminación doméstica.
A pesar de la racionalidad de los efectos de la epidemia y de las experiencias de otros países, en México hasta mediados de marzo se asumió el asunto como de una campaña que podría ser usada por la oposición.
Y si así fuera, no se trataría de ataques personales al presidente de la república sino de enfermos.
La seguridad nacional es el enfoque de estabilidad social, lo mismo vía PIB positivo, que con respuestas inmediatas y de fondo a las demandas de grupos sociales.
Los pánicos sociales suelen romper la seguridad nacional, como se ha visto en casos extremos de balaceras por asuntos de seguridad pública.
Las epidemias o catástrofes naturales equiparables suelen provocar la ruptura de precarias estabilidades.
El coronavirus está representando un desafío a la seguridad nacional de México.
El acceso a tapabocas y medicinas, la movilidad irresponsable de personas, la falta de información en modo pánico no está generando conciencia en ciudadanos, la falta de programas de emergencia para epidemias y la insensibilidad de las autoridades máximas para adelantarse a los daños con decisiones extremas como cerrar fronteras, prohibir vuelos y declarar estados de emergencia para impedir reuniones masivas no están siendo consideradas hasta ahora por las autoridades.
A ello se van a agregar otros problemas: el gasto de emergencia que no se tiene, la caída de la actividad económica, la reasignación presupuestal a gasto médico de emergencia, el desplome de las bolsas de valores y los impactos negativos en tipos de cambio estarían condenando, en plena crisis médica en ascenso, a un PIB mexicano de -3% a -5% este año, sin posibilidades de programas contra cíclicos.
México está entrando en una zona de emergencia nacional que exige pensamiento estratégico, enfoque de Estado y liderazgo de gobierno en función de la enfermedad y no de sobrevivencia personal.
Hacia mediados de marzo, la verdadera crisis del coronavirus apenas ha comenzado.






