El 13 de julio de 2024, Butler, Pensilvania en un mitin programado, el expresidente Donald Trump fue víctima de un intento de asesinato. El atacante, identificado como Thomas Matthew Crooks, de solamente 20 años, disparó contra Trump, con un fusil AR-15 desde la azotea de un edificio a solamente 140 metros de distancia, hiriendo levemente al expresidente en la oreja derecha. El expresidente apenas llevaba unos minutos hablando cuando se oyeron unos disparos. Tras ser herido Trump se lanzó solo al suelo y dos segundos después fue cubierto por sus protectores.
Evitaremos caer en críticas superficiales sobre la actuación de los agentes durante el ataque, tal como se ha observado en los análisis poco constructivos de algunos medios post-incidente. Nuestro análisis se centrará en identificar las deficiencias dentro de la estructura operativa y la doctrina del Servicio Secreto. Es en estos aspectos fundamentales donde radica el verdadero problema y, a la vez, la solución que prevendrá incidentes similares en el futuro.
1. Primer error del Servicio Secreto es que priorizaron la respuesta armada e ignoraron las fases de preparación del ataque. Lamentablemente, se puede observar que el Servicio Secreto, al igual que la gran mayoría de los servicios de protección alrededor del mundo, tienen la creencia errónea de que las armas de fuego son suficientes para proteger a los altos mandos, a pesar de que no hay datos científicos que lo respalden. Por el contrario, un estudio de 136 ataques a figuras públicas prominentes en más de 60 países a lo largo de 124 años reveló que las armas de fuego fueron decisivas para evitar que el ejecutivo resultara herido o muerto en solo el 3.6% de los casos, un porcentaje insignificante. Como se puede ver en este triste ejemplo, las armas de fuego son muy efectivas para atacar, pero muy poco para defender a un ejecutivo. Un joven de solo 20 años, sin experiencia, con una sola arma, logró derrotar a toda la maquinaria del Servicio Secreto, incluyendo francotiradores, equipos de respuesta rápida y agentes de protección armados, logrando hacer 8 disparos y herir al expresidente antes de ser abatido. Centrar el operativo únicamente en el uso de armas de fuego es ineficaz y peligroso. Incluso en México, en los últimos dos años, se han registrado 19 asesinatos de personas con protección armada y 32 de sus escoltas. Esto no quiere decir que no se deben utilizar las armas, sino que no se debe enfocar la operación únicamente en ellas e ignorar lo más importante: intervenir en las fases de preparación del ataque y no reaccionar únicamente al momento del ataque.
- Segundo error la falta de Contravigilancia. Según informes del Wall Street Journal, como ha sucedido en incidentes similares, y el atacante vigiló el sitio desde el anuncio del evento con diez días de anticipación. Realizó inspecciones meticulosas, evaluó el entorno, se posicionó en los techos para calcular distancias y visibilidad, e incluso operó un dron en varias ocasiones. Esta vigilancia, evidentemente, fue ostensible y negligente. Si el Servicio Secreto hubiera integrado la contravigilancia en su doctrina y procedimientos operativos como una medida esencial, lo habrían identificado con facilidad y frustrado el ataque días antes.
- Tercer error falta de Alerta Temprana. El sistema de alerta temprana no existió. A pesar de que existían zonas específicas alrededor del evento desde donde se podía lanzar un ataque, no se desplegaron agentes de alerta temprana para monitorear e intervenir estos puntos de vulnerabilidad. Es comprensible que la seguridad perimetral se asigne a la policía local, pero cuando se trata de “lugares críticos de alerta”, la responsabilidad debe recaer en agentes especializados en alerta temprana y no delegarse a terceros. La falta de un sistema de alerta temprana estructurado dentro de la doctrina del Servicio Secreto fue evidente, ya que estos puntos críticos se dejaron en manos de la policía local, con quien, además, la comunicación fue deficiente. Esto culminó en la inacción cuando el agresor fue detectado por el público momentos antes del ataque, en un lugar y tiempo críticos. Si el Servicio Secreto hubiera contado con un sistema de alerta temprana efectivo, el ataque se habría prevenido minutos antes de su ejecución.
Finalmente, el evento se realizó en una zona rural abierta y vulnerable, complicando la gestión de riesgos. En contraste, el evento posterior del expresidente se efectuó en un recinto cerrado, facilitando su seguridad.
Debemos reconsiderar nuestra manera de entender y practicar la protección ejecutiva, enfocando nuestras operaciones hacia la intercepción de las fases de preparación de un ataque, en lugar de reaccionar al ataque mismo, ya que la reacción por sí sola no da resultados, como lo vimos en este trágico evento que cambiará nuestra profesión.

Varios expertos en la materia coinciden en que resulta absolutamente incomprensible que este edificio, desde el cual salieron los disparos, haya sido descuidado de manera tan flagrante.
Por lo visto, todo se confió a los francotiradores y a su reacción oportuna, lo que resultó desastroso.
El concepto tradicional de protección ejecutiva está en crisis y no está dando resultados, aun cuando lo implemente el mismísimo Servicio Secreto. Es muy importante usar esta y otras tantas lamentables experiencias para mover el peso operativo en el tiempo, actuando sobre las fases de preparación del ataque en lugar de tratar de reaccionar al ataque mismo. Estas medidas desactivan la agresión lejos del protegido, tanto en el tiempo como en el espacio. Solo así podremos hacer que nuestra profesión sea más segura, tanto para los protegidos como para los protectores.





