De orden superior: Valorar el esfuerzo

De orden superior: Valorar el esfuerzo

Azul Zeta el color de mi alma, escuchaba de un General, de esos generales que nacieron para el servicio, la obediencia y sobre todo la lealtad.

De esos jefes y oficiales que no tienen horas de sueño, de familia, de descanso, de aquellos soldados que hacen de sus cuarteles su hogar.

Estar cerca de este medio y vivirlo a lado de mi padre, un general comprometido con la institución y con México, me hizo preguntarme muchas veces, ¿qué tienen en la sangre o de qué madera están hechos para aguantar la disciplina militar y el trabajo bajo presión? Mi respuesta siempre fue la misma, vocación que se traduce en el orgullo por pertenecer a la institución, sentido de pertenencia que en el ejército se traduce como incondicionalidad al medio militar.

Un medio que no sólo se elige por no tener oportunidades, sino porque además de proporcionarles el sustento y seguridad social para él y su familia, les permite vivir una carrera aspiracional, porque un oficial egresado de cualquier escuela de formación, sabe que no importa su origen, que como cualquier otro tendrá la misma oportunidad de ascender y llegar a ocupar los mandos de mayor responsabilidad que la institución requiere.

Una institución que más que amigos los hace hermanos, porque comparten la mesa, el descanso, las horas de sueño, las largas jornadas en condiciones extremas de incomodidad, de cansancio o incluso de malestar, convivencia que los hace sobreponerse mutuamente en momentos críticos, en donde la vida de uno depende del otro y, en donde se siembra la semilla que fortalece el Espíritu de Cuerpo.

El ejército vive un nuevo desafío, la lealtad al Mando Supremo nunca será cuestionable, se asume como parte de su naturaleza, porque sabe que de eso depende la estabilidad social.

Pero dentro de la institución, la lealtad es un valor que se asume de ambos lados, de inferiores a superiores y viceversa, como parte indispensable de su propia seguridad.

Valorar el esfuerzo y la entrega del Ejército Mexicano en estos tiempos, hoy es una demanda impostergable.

Hechos de violencia por el deterioro de la seguridad pública como los vividos en esta administración, no distan de los del pasado, pero se diferencian en el nivel de reacción permitido por su Mando Supremo.

De orden superior: Valorar el esfuerzo

Ni la capacidad bélica, ni el valor de los soldados es inferior a la del crimen organizado, pero las posibilidades actuales de ejercer la autoridad lo hacen parecer todo lo contrario.

Loable y bien intencionada puede parecer la estrategia de lograr la paz con acciones de paz, pero frente a una Barret calibre 50 del lado hostil no hay acciones gentiles que puedan convencer al enemigo.

El mensaje que estos criminales reciben es opuesto a la fuerza militar que un país debe demostrar para conservar la soberanía y la paz social.

Las palabras del “Capitán sin Nombre” deben resonar como propias en la mente de los militares “Cada noche pido la suerte que no tuvieron mis compañeros al ser desarmados, sometidos, humillados y avergonzados por aquellos a los que de palabra nos ordenan contener” porque es bien sabido que día con día crecen las voces en los pasillos de las instalaciones militares sobre el descontento de las órdenes recibidas.

Ese mando al que todos aspiran desde cadetes hoy no es nada envidiable, porque para afrontar las consecuencias de un mal desempeño en las condiciones actuales, se necesita el temple suficiente que un militar puede mostrar, para asumir las órdenes de afuera y mantener el tan preciado espíritu de cuerpo.

El General Secretario tuvo que asumir la embestida pública de su actuación callando la verdad a costa del descontento de su gente, asumir lo que los civiles fueron incapaces de afrontar como decisión del estado.

Pero la institución sabe que en su rendición estaba de por medio la vida de las familias de su gente.

Ante esto no hay alternativas posibles distintas a la que se optó.

Aun así, la responsabilidad frente al hecho, a pesar de haber sido según sus declaraciones una decisión en consenso, sabemos que para los secretarios de las fuerzas armadas debió de haber sido uno de los muchos tragos amargos que han tenido que pasar.

¿Pero quién planeó el operativo? ¿Quién les dio la primera versión? ¿Quién no dio ocultó la verdad al gabinete de seguridad? O ¿Quién les pidió declarar lo que declararon? El Ejército Mexicano y el pueblo de México está a la espera de estas respuestas y de conocer quién pagará las consecuencias de un improvisado y mal planeado operativo que obligó a esta institución a retirarse.

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