El principal dato del año 1 de gobierno del presidente Joseph Biden se localiza en la soledad del ejercicio del poder.
Por edad y por desconfianza del liderazgo demócrata, Biden carecía del perfil necesario para enfrentar el dinamismo estridente del presidente Donald Trump; pero fue la carta necesaria para ofrecer una imagen de madurez, experiencia y estabilidad emocional para la Casa Blanca.
Los dos estrategas de la candidatura de Biden fueron el expresidente Barack Obama y la derrotada excandidata presidencial en 2016 Hillary Clinton, aunque en el ánimo de los dos siempre hubo la certeza de que Biden no era el perfil necesario para gobernar.
La figura política de Biden ha mostrado una carrera burocrática consistente en los altos niveles del poder legislativo estadounidense, pero sus ocho años como vicepresidente de Obama no pudieron cincelar una figura sólida para un nuevo proyecto político estadounidense.
Biden fue el candidato natural en el 2016, pero oscuros compromisos de Obama con el expresidente Bill Clinton conjugaron la nominación de Hillary.
Una desastrosa, desordenada y mediocre campaña sacrificó a Hillary y encumbró a Trump.
El primer año de Biden en la Casa Blanca ha exhibido una presidencia solitaria y una ausencia de poder de Obama y Hillary, aunque con indicios que han revelado el distanciamiento del presidente con el expresidente y la excandidata.
Lo extraño en este funcionamiento del poder presidencial se localiza en el silencio y actividad solo formal de la lideresa demócrata en la Cámara baja, Nancy Pelosi, uno de los motores dinámicos en las elecciones del 2020.
El proyecto político de Biden se resumía solo a una figura de contrapunto político y ético respecto de Donald Trump, pero le tocaron cuando menos tres grandes y graves crisis: la salida a trompicones de Afganistán como el segundo Vietnam estadounidense, la aparición del COVID-19 con estragos en Estados Unidos y en todo el mundo y los efectos recesivos en cadena del confinamiento antipandémico en 2020 y parte del 2021.
Los tres datos que van a dominar el 2022 son de gran calado y tendrán impacto decisivo en el relevo legislativo y de gubernaturas que puede modificar de nueva cuenta el equilibrio político a favor del enfoque republicano de Trump: la polarización social y política, el activismo creciente del expresidente Trump y la lucha política adelantada del 2024 por el desmoronamiento de la figura de la vicepresidenta Kamala Harris, cuyos activos –afroamericana y mujer– podrían no alcanzarle para construir primero su figura al interior del grupo Biden y después para conquistar el voto.
El dato más importante que opera en contra de la vicepresidenta Harris se localiza en el hecho de que el principal consenso interno en EU está en la doctrina activa de seguridad nacional ante los viejos enemigos externos –Rusia, China e Irán–.
La experiencia de Biden en el Senado y en la Casa Blanca han sido insuficientes para construir una doctrina efectiva de seguridad nacional y han mostrado a Estados Unidos bailando al ritmo de Putin y Jinping.
A nivel regional la Casa Blanca de Biden no ha sabido resolver el problema gravísimo de migración que le heredó Trump y tampoco ha logrado encontrar decisiones que enfrenten el conflicto del narcotráfico, los cárteles mexicanos dentro de EU y el consumo de fentanilo que ha llevado el número de muertos por sobredosis a más de cien mil en un año.
Y, por si fuera poco, la Casa Blanca se hizo bolas con el escenario geopolítico de América Latina y el Caribe y vio con sorpresas el regreso de algunas facciones de la izquierda socialista del Chile de 1973 en la candidatura de la coalición centristaprogresista de un líder estudiantil sin experiencia geopolítica y sin liderazgo interno en las instancias reales de poder represivo en el país.
El fantasma del golpe de Estado contra Allende 1973 se está apareciendo, como fantasma shakespeariano, en los pasillos del poder de la Casa Blanca.
El dato más significativo de Washington hoy en día se percibe en un presidente Biden ajeno a la realidad, con confusiones de concentración en los temas de Estado y con indicios ya de inestabilidad mental.
El establishment mediático liberal que combatió a Trump y ayudó al voto a favor de Biden ha dejado abandonado al presidente en medio de la carretera y ha tenido que abrir espacio a la crítica contra su ineficacia gubernamental.
Y del lado contrario, la prensa conservadora se regodea de todos los errores cotidianos en la Casa Blanca.
A la presidencia de Biden le falta dirección política, fuerza geopolítica y sobre todo liderazgo enérgico.
A la vicepresidenta Harris le encargaron el área de seguridad nacional y de seguridad fronteriza y fue rebasada por la complejidad de los problemas.
Lo grave, en todo caso, se localiza en la disfuncionalidad del área de inteligencia y seguridad nacional de la Casa Blanca que nunca reconoció el liderazgo de la vicepresidenta Harris, aunque tampoco fue capaz de tomar el control de los hilos de dominación internacional.
La base política del gobierno estadounidense en su primer año se resume en las cifras contabilizadas día con día por el sitio Real Clear Politics en %:
| Aprobación | Desaprobación | |
| Biden | 42.3 | 52.1 |
| Kamala | 39.7 | 52.7 |
| Trump | 40.9 | 51.8 |






