El mundo que viene y las amenazas de seguridad

La pandemia provocó que una serie de tendencias críticas queahora parecen acentuarse

Antes de que el virus apareciera en Wuhan el mundo ya experimentaba una serie de tendencias críticas y amenazas de seguridad que ahora parecen acentuarse. Estas tendencias tenían que ver con la crisis de la gobernanza global, la crisis de la globalización, la crisis de la democracia liberal y la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China.

Como una reacción frente a la pandemia en el centro europeo países como Francia, Alemania o Italia se lanzaron contra la Europa de Schengen y pedían el cierre, alimentando la idea de la pandemia como una amenaza exterior.

Es muy probable que el mundo post pandemia mantenga el endurecimiento de las políticas migratorias y el aumento de los controles fronterizos. Estas políticas atentatorias al derecho de libre tránsito de las personas consagrado en las constituciones nacionales, se aplican también al interior de las fronteras nacionales, impidiendo el tránsito de personas desde una localidad a otra del propio país, o incluso el traslado dentro de la misma ciudad.

Keohane y Nye hablaban de los conceptos de sensibilidad de las respuestas y la vulnerabilidad ante los acontecimientos entre los Estados como una forma de medir la interdependencia. La pandemia manifestó que la sensibilidad fue muy lenta y que la vulnerabilidad fue muy alta, demostrando que los Estados son los únicos que pueden garantizar un mínimo de estabilidad en épocas de crisis. La medida más común adoptada en todos lados fue la cuarentena en los países más afectados por el virus. Mientras China tuvo la ventaja de un gobierno autocrático que no debe rendir cuentas, otro fue el caso de Donald Trump que perdió el gobierno.

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El sistema internacional actual está haciendo frente a esta crisis de manera descoordinada. La “histórica nación protagonista” en la coordinación y ayuda en situaciones de crisis como la presente, decidió actuar de otra manera y no colaborar con el sistema internacional. Por el otro lado China está fortaleciendo su imagen de líder global y generando cierta bonanza internacional.

Washington, que ha actuado como “policía mundial” desde la Segunda Guerra Mundial, está provocando que muchos de sus socios y aliados se pregunten ahora si pueden contar con que lidere la respuesta a una crisis global. El nuevo presidente Joseph Biden busca convencer al mundo de que Estados Unidos pretende preocuparse seriamente por las preocupaciones comunes.

Las tensiones diplomáticas han reaparecido súbitamente: mientras el gobierno turco retenía respiradores artificiales destinados a España, Francia hacía lo mismo con las mascarillas. Algunas fronteras se cierran y otras se refuerzan con tanques, mientras se negocia la repatriación de sus ciudadanos.

Los medios chinos informaron sobre un posible freno a las exportaciones de equipos de protección personal (EPP) chinos buscando presionar a Washington para aliviar sus sanciones contra Huawei.

El presidente Donald Trump ha dado un enfoque político al tema, al identificar la pandemia como “el virus de China”, proveyendo a la crisis de un discurso de fronteras, antiinmigrante y llamando a reactivar la economía del país.

En medio de la pandemia el presidente de los Estados Unidos anunciaba la quita de fondos a la OMS, lo que significaba prácticamente su desmantelamiento pero que evidenciaba la absoluta falta de solidaridad, coordinación y búsqueda del bienestar común.

Estas angustias revelan el regreso a la demanda de la función estatal, tanto para fortalecer los debilitados sistemas de salud pública como para que el presupuesto público sostenga a la estructura privada, financiera e industrial, como en los viejos tiempos.

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Poco antes de la aparición de la pandemia a fines de 2019, se produjo una serie de grandes protestas sociales a nivel global. Esos levantamientos civiles en Latinoamérica, Europa, el espacio árabe y Asia reaccionaban al estrechamiento incesante de la distribución de la renta. La pandemia desvió el proceso apenas un poco, para enfocarlo en la crisis social subyacente en las grandes economías, con detonantes políticos y alcance internacional. Los hechos del 6 de enero en el Capitolio americano desnudan la crisis interior y alimentan la crisis hegemónica.

El daño social es inevitable y crece en proporción directa a las medidas de aislamiento y contención que se adoptan para impedir que el virus se esparza. El resultado es el fortalecimiento del perfil autoritario de los gobiernos enfrentados a la enfermedad y temerosos del descontrol doméstico. Algunos gobiernos han desarrollado un panóptico de vigilancia con alcances insospechables.

La batalla que han venido librando las dos mayores economías del planeta no es solo comercial, el eje de ese choque es el control en un futuro muy próximo de las tecnologías estratégicas, desde telecomunicaciones con el G5, que ya encabeza Beijing, hasta robótica, equipamiento medicinal y super computadoras. Este enfrentamiento debe verse a la luz de un conjunto unificado de variables, junto con las tendencias aislacionistas de todos los países más el ascenso del rol de gobierno, todo lo cual tiende a la configuración de un mundo fragmentado en grandes bloques, con relocalización de empresas, acceso a recursos provenientes de la geografía cercana y una cadena de abastecimiento más corta.

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