En la segunda semana de octubre se realizó en México una nueva reunión del Diálogo de Alto Nivel sobre Seguridad entre México y Estados Unidos, arropado en lo que se ha llamado como el Espíritu Bicentenario. Esta vez, sin embargo, se reiteró de nueva cuenta el interés unilateral de Washington para enfocar el problema de las drogas en función de las prioridades estadounidenses, sobre todo en la propuesta de una coalición mundial para abordar el tema de las drogas sintéticas desde la perspectiva de EU.
Las reuniones arrojaron 22 objetivos en materia de narcotráfico, la mayor parte de ellas de carácter burocrático y retórico por su lenguaje diplomático de elusión del problema. Pero el punto más importante fue, de nueva cuenta, la limitación del alcance de los compromisos estadounidenses: luchar contra los cárteles en los países sede y no dentro de Estados Unidos y no meterse con ninguna limitación al derecho ciudadano de consumir las drogas que quieran, con el papel gubernamental sólo de atención a los adictos. Cuando mucho, EU aceptó sólo “monitorear el consumo de drogas ilícitas, tendencias y sobredosis”, pero ninguna decisión para criminalizar la demanda de drogas que mantiene vivos a los cárteles.
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El Gobierno de Estados Unidos se niega a combatir con decisión el tráfico y consumo de drogas dentro de su territorio. Por ejemplo, en el punto 10 se compromete a desmantelar organizaciones criminales involucradas en la trata de personas y contrabando de ilegales, pero nada dice en el tema de atender la queja recurrente de DEA en el sentido de confrontar y combatir dentro del territorio americano a las nueve células locales de los cárteles mexicanos del narcotráfico que son los que contrabandeando droga hacia Estados Unidos, la distribuyen en los 50 Estados americanos y están encargados de la venta al menudeo en las calles de las ciudades con mayor consumo de drogas.
A lo más que llega la intención estadounidense –como dice el punto 13– es a desarrollar y lanzar un plan de trabajo para “implementar innovaciones” –sólo eso– en los puntos de entrada de la frontera como forma de incrementar la seguridad en ambos sentidos “contra bienes ilícitos”, pero sin afectar las relaciones comerciales.
Los 22 compromisos bilaterales en nada obligan a Estados Unidos a combatir el punto central del narcotráfico: la demanda de drogas por parte de los millones de adictos, porque el consumo de drogas dentro de EU determina la dinámica del fortalecimiento de los cárteles delictivos.
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