El neoconservadurismo de Biden

El neoconservadurismo de Biden

La IX Cumbre de las Américas, la guerra en Ucrania y el discurso del presidente Joseph Biden en la conferencia de seguridad de Múnich en febrero del 2021 han definido el regreso de Estados Unidos al imperialismo de dominación sobre todo el hemisferio occidental.

El tono del discurso de Biden en nada difiere del establecido en circunstancias de expansión imperialista de George Bush Jr., Ronald Reagan, Richard Nixon y el Harry Truman de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

El eje ideológico de la política exterior estadounidense actual es el que se definió en 1947 con la primera acta de seguridad nacional de Estados Unidos para definir los intereses nacionales por encima de las demás naciones.

Las estrategias de seguridad nacional de Reagan a Biden giran en torno a la hegemonía del modelo estadounidense como central y dotan a la Casa Blanca de poderes extraordinarios para intervenir en otros países que tengan de políticas coyunturales contrarias a EU.

La política exterior imperialista estadounidense no se detiene en complicaciones de precisión.

El expresidente George Bush acaba de condenar la invasión rusa a Ucrania señalando que se trató de una decisión de expansión militar en una guerra que caracterizó de absurda y sin legalidad internacional, olvidando que fue él mismo el que decidió la invasión a Irak para derrocar al presidente Sadam Hussein por supuesto apoyo al grupo terrorista Al Qaeda y luego quien lanzó la invasión Afganistán, ambas con el objetivo de terminar con el régimen político árabe en su momento e imponer un sistema democrático estadounidense.

La guerra más absurda de Bush Jr., fue la de Afganistán, donde apenas el año pasado el presidente Biden decidió abandonar la plaza veinte años después ante la imposibilidad de instaurar un régimen occidental y cristiano en una zona de profunda religión musulmana.

Antes de Afganistán, Estados Unidos se metió en las guerras de Corea, del Vietnam y de algunos países árabes para imponer el régimen tipo estadounidense, además de que sea aprobado hasta la saciedad la intervención de Estados Unidos en actos criminales contra líderes políticos revolucionarios o conservadores que estaban atentando contra los intereses económicos y geopolíticos de la Casa Blanca.

En América Latina no se ha olvidado el intervencionismo de Estados Unidos en la configuración de los regímenes militares fascistas que dejaron una huella de sangre y fuego en los años sesenta y setenta y que fueron movimientos populares revolucionarios los que echaron a esas dictaduras del poder.

Estados Unidos derrocó al presidente chileno Salvador Allende, invadió Panamá y Jamaica para liquidar a grupos progresistas, intervino en Centroamérica para contener la revolución sandinista y salvadoreña y sobre todo asesoró a los grupos militares sudamericanos en técnicas de tortura que después también fueron reveladas en Irak y Afganistán, asumiendo que la tortura es una de las peores violaciones a los derechos humanos que se consideran como clave de la Carta Democrática Interamericana.

La declinación del interés estadounidense sobre América Latina y el Caribe a partir de la disolución de la Unión Soviética en 1991 acaba de revivir con la geopolítica de expansión de Rusia y China en zonas abandonadas del continente americano.

El bloqueo político y económico –parcial, pero eficaz– de Estados Unidos sobre Cuba se ha constituido en uno de los factores nacionalistas que sostiene la dictadura cubana y que concita todavía solidaridad internacional porque la existencia de la isla es una confrontación moral contra la Casa Blanca.

El eje fundamental de la política exterior de Estados Unidos es el dominio imperial del modelo político estadounidense.

El papel central de la Casa Blanca en la guerra de Ucrania por la decisión estratégica de reconstruir a la OTAN como una especie de Pentágono a nivel mundial implicó una decisión bélica para colocar en la frontera física de Rusia y en una zona clave de euroasia los intereses de ese bloque militar, incluyendo la propuesta del presidente Biden de crear un ejército europeo ofensivo que fije de manera flotante las nuevas líneas rojas de beligerancia de EU ante China y Rusia.

Las fases de endurecimiento militar de Estados Unidos han tenido efectos internos por la dinámica económica y productiva del complejo militar-industrial, es decir del papel dinamizador de la economía por las guerras, lo que envía un mensaje colateral distante pero vigente de por qué razón nunca habrá en Estados Unidos una reforma radical a la Segunda Enmienda: el poder del lobby de las armas no solo se explica en el hecho de que EU es el principal país exportador y contrabandista de armas, sino en que esa mentalidad bélica configura el pensamiento dominante al interior de la sociedad estadounidense que es mayoría en la defensa de la propiedad individual de armas.

Estados Unidos no quiere abrir ningún espacio a Cuba, Venezuela y Nicaragua por sus regímenes políticos socialistas y sus relaciones con la geopolítica antiestadounidense de Irán, Irak, China y Rusia.

Y el mensaje estadounidense de exclusión a la IX Cumbre está dirigido a los países capitalistas, de configuración de liderazgos populistas y con resistencia a entregar sus economías al capitalismo norteamericano, debido a que el nacionalismo populista tiene su esencia en un perfil contrario a lo que representa el régimen estadounidense.

Los ataques terroristas del 2001 alertaron a los estadounidenses demócratas y republicanos de la necesidad de reconstruir la unidad interna en torno a la definición y caracterización de enemigos externos. Y en esta lógica se definió la lista de invitados a la novena cumbre.

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