Sin excluir el enfoque político que trata de darle una interpretación menos coyuntural a los conflictos de todo tipo de crisis que padecen EU y el mundo, la gran incógnita que comienza a examinarse en el ambiente internacional radica en tratar de darle una valoración en diferente grado de porcentaje a dos fechas fatales del escenario estadounidense: las elecciones estatales de noviembre de este año y las presidenciales en noviembre del 2028.
Todo presidente estadounidense gobierna para la historia y para su propia biografía, pero son las circunstancias del contexto geopolítico las que al final de cuentas determinan con precisión posibilidades y limitaciones de lo que pueda ocurrir con decisiones tan tajantes como la desaparición de Irán, las amenazas contra Putin por Ucrania y la falta de control de la Casa Blanca sobre el belicoso de Netanyahu en Israel.
Pero el escenario también debe de matizarse con una realidad inocultable: el presidente Donald Trump está reflejando los intereses de los bloques de poder económico, empresarial y social de EU que son los que determinan la viabilidad de algunas decisiones. Trump comenzó comprando a ciegas el modelo de Netanyahu y a mediados de junio ya no sabía cómo deslindarse del estilo imprudente del hombre fuerte de Israel.
Los análisis sensatos deben alejarse de los determinismos de las circunstancias y coyunturas. Si los republicanos pierden la mayoría legislativa, no habrá ningún colapso de poder sino una mayor renegociación de decisiones; Y en caso de darse una alternancia en la Casa Blanca, el sucesor demócrata de Trump quedará atrapado en el establishment de intereses que determinan las decisiones de poder en función del mantenimiento y acrecentamiento del poder imperial de Estados Unidos.
Por lo pronto, el presidente Trump ya mandó un mensaje de continuidad: su candidato a la presidencia para el siguiente periodo es nada menos que el secretario de Estado Marco Rubio, quién ha estado a cargo de la línea dura de la diplomacia americana, y junto a él tendrá al actual vicepresidente J. D. Vance, quien Trump ha logrado cincelar en el modelo del regreso imperial de la Casa Blanca.
En el fondo, las motivaciones de Trump valen lo mismo para republicanos que para demócratas: la hegemonía de Estados Unidos, la lucha contra el narcotráfico que está debilitando internamente al país, el regreso a la dominación económica e industrial y el fortalecimiento de Washington como el policía del mundo.
Trump es un producto de Estados Unidos, no es una anomalía.





