En las reuniones que dieron lugar al Tratado de Westfalia participaron más de un centenar de delegaciones a lo largo de casi todo el año 1648. España y las provincias rebeldes de los Países Bajos llevaban 80 años de guerra, y casi toda Europa otros 30 en conflictos que adoptaron los nombres de su duración. El vencedor en las negociaciones fue el poder de los Estados como únicos representantes de la soberanía. Solo ellos podrían hacer uso de la fuerza de forma legítima a partir de entonces; tanto contra amenazas externas como contra desórdenes y revueltas internas.
Tres siglos y medio más tarde, en 1996, John Perry Barlow redactó la Declaración de Independencia del Ciberespacio. En ella afirmaba que los Estados no tienen jurisdicción en el ámbito digital. Solo tres décadas después de su publicación, la capitalización bursátil de las grandes empresas que suponen la base para la gestión de los datos mediante el uso de la inteligencia artificial, los llamados hyperscalers, supera con creces el producto interior bruto de casi todos los países. Muy pocos Estados alcanzan inversiones en I+D comparables con las de cualquiera de estas empresas.
Nada que tenga una escala significativa se mueve fuera de este entorno. Sobre él construyen sus servicios empresas que van desde Palantir Technologies hasta el supermercado de la esquina. Con ellos mantienen contratos de todo tipo la mayor parte de los países del planeta. Cada vez que alguna de ellas sufre una interrupción en el servicio, el mundo se paraliza a su vez.
La influencia de estas empresas en los campos de la seguridad y la defensa no debe infravalorarse. Se hace presente de múltiples modos: acelerando la capacidad de innovación, diseño y producción de sistemas de armas; dotando de capacidades autónomas a estos mismos sistemas; mejorando e integrando los sistemas de recopilación de datos y generación de inteligencia; o incrementando la capacidad para ejercer poder blando e influencia a través de las redes sociales y otras comunicaciones.
Las revueltas que tuvieron lugar durante el presente año en Nepal, o las que vivieron Myanmar o Sri Lanka previamente, tienen su origen en esta capacidad de influencia o en los sesgos que introducen los intereses comerciales de las redes en el discurso público que recibe una parte de la población. La verdad -o las distintas verdades- cuelgan de los hilos de estas redes y se viralizan por sus conexiones. La realidad queda casi oculta entre los mensajes que se superponen en las pantallas de computadoras y celulares. La verdad se segmenta según las audiencias creando fricciones sociales en diálogos internos de grupos desconectados entre ellos. Cada grupo se mueve en un escenario distinto y los choques son inevitables.
La información, mejor aún, la inteligencia, es más fundamental que nunca. Ucrania nos muestra cómo un campo de batalla que se ha vuelto transparente por la presencia ubicua de drones y satélites vigilándolo todo no permite apenas el movimiento de tropas. Todo lo que se aventure en las inmediaciones del frente es acometido en un plazo que rara vez excede los tres minutos. Otros drones armados o artillería de largo alcance han ocupado el puesto que en las trincheras de la primera guerra mundial representaban las ametralladoras.

Pero esta transparencia no disuelve la niebla de la guerra que describía Clausewitz. Los sensores también pueden ser engañados. En unos recientes ejercicios en China, el bando atacante desplegó sus sensores, detectó las imágenes de los carros de combate enemigos apostados, la vibración y el calor de sus motores, y lanzó un ataque devastador. Siguiendo el procedimiento, se aprestó de inmediato a cambiar de posición para evitar fuego de contrabatería. Los comisarios del ejercicio les comunicaron en ese momento que habían sido eliminados. Los blancos que habían batido no existían; habían sido generados sintéticamente y, en el ataque, había revelado su posición al enemigo real, que los había eliminado.
A nivel táctico, la guerra en Gaza ha demostrado la capacidad de los algoritmos para identificar, seguir, acometer y eliminar blancos de forma casi autónoma a un ritmo que ningún humano habría podido seguir. Escenarios tan complejos como el del combate urbano permiten optimizar el uso de la información.
La inteligencia artificial está revolucionando también el resto de los dominios. En el espacio se sitúan las plataformas que habilitan buena parte de su actuación. El poder que se concentra en el control de los lanzadores (SpaceX), los satélites (Starlink) y las redes de comunicación y difusión social (X) dotadas de sus propios modelos de lenguaje (Grok) es inmenso. En el ciberespacio, individuos, empresas e instituciones carecen de la agilidad y la sofisticación que pueden proporcionar los algoritmos. Tanto en el ataque como en la defensa, la ciberseguridad está cada vez más en manos de las máquinas. Ya hemos hablado también del entorno cognitivo y de cómo podemos generar verdades y realidades sintéticas que condicionan nuestro juicio y nuestra toma de decisiones.
El poder de los datos y de su gestión continuará incrementándose según lo hagan la capacidad de cómputo, el número y variedad de los datos, y las técnicas que empleemos para sacarles partido. Las grandes plataformas proveedoras de estos servicios ya son actores por derecho propio en la escena geopolítica contemporánea. Queda por saber si su poder se va a emplear para favorecer a la Humanidad o a unos pocos humanos. Y si va a ser un contrapeso al poder de los Estados, un aliado de estos o su sustituto. Los frenos y contrapesos que han mitigado durante décadas el abuso de poder de los gobiernos necesitan un nuevo diseño para hacer frente al potencial que incorporan los algoritmos.






