Geoseguridad: Había una vez una reina…

Geoseguridad: Había una vez una reina…

México está a punto de entrar a un terremoto político llamado sucesión presidencial. A casi un año de las elecciones para elegir a un nuevo Tlatoani por seis años, los partidos y la sociedad están sin rumbo. El fenómeno llamado Andrés Manuel López Obrador parece indescifrable e irrepetible. La mayoría de los analistas y autollamados expertos políticos divagan en distintas teorías con argumentos propios que las sustentan para intentar entender lo que está pasando en la actualidad.

Los más críticos al gobierno en este sexenio casualmente son los que más beneficios recibían en los dos anteriores. Lo que no entiende la actual oposición es que, cuando era gobierno, fue la que llevó a la sociedad harta del mismo modelo a votar por el actual régimen. México es víctima de su propia circunstancia y su sociedad está polarizada.

Por un lado, el partido dominante en el poder lucha por simular un proceso democrático interno para la elección del nuevo líder incluyendo propuestas de sus dos satélites. Si bien hay dos candidatos finalistas, la narrativa demócrata necesita de más aspirantes para transmitir el mensaje de equidad que desesperadamente buscan. De los cuatro restantes, dos son del partido y dos de aliados (uno por satélite); uno oficial tiene un pasado del cual el movimiento se ha querido alejar y no le perdonan “tutear” al líder, otro es el falso profeta que busca esconder su falta de capacidad tratando de imponer un discurso de escasa equidad. De los satélites, uno es quien se encargará de la comicidad en la contienda y el otro busca repetir un modelo ya probado en 2018 con el único objetivo de incluir diversidad buscando un sitio en la mesa ganadora. 

En el lado contrario, tres partidos buscan regresar a sus glorias pasadas, bajo el proverbio árabe que dice: el enemigo de mi enemigo es mi amigo; los actuales políticos de oposición se unen y parten del principio que la suma de porcentajes en las encuestas da como resultado el olvido de los excesos pasados y recuperación de la confianza. Sin importar los impresentables miembros que tengan en sus filas, la oposición confronta el poder ahora desde la calle de enfrente con los mismos argumentos que en su momento desdeñó. Ahora revolucionarios, humanistas cristianos y la izquierda paramorena buscan con retóricos discursos regresar al pasado sin tomar en cuenta que el electorado cambio.

En toda esta maraña electoral emerge un color que se disfraza de león, aunque tiene piel de cordero. El color naranja ha emprendido una campaña con mensaje claro de un cambio generacional sin importar que su líder provenga del periodo jurásico. La estructura naranja busca transmitir también un mensaje demócrata desde la visión juvenil aun cuando en realidad todo se decide en la oficina del virrey.

Los naranjas buscar ser lo que le llaman el partido bisagra, intentando copiar el modelo del parlamento español, donde unos pocos son los que realmente ejercen el poder y el gobierno. Esa es la apuesta. La realidad es que de todo el color naranja solo sobresalen cuatro posibles figuras, sin ninguna oportunidad para jugar en las grandes ligas, ya que todos, salvo uno, carecen de un pensamiento y proyecto político, más bien son resultado del marketing digital, al final son productos no figuras.

La baraja naranja tiene tres reyes y una reina.

El rey de picas gobierna en el occidente del país, bajo su peculiar mandato, carácter y forma de ser ha logrado pelearse con el resto de la baraja. Sin un claro sucesor, en disputa con el alcalde de la capital y confrontado consigo mismo siente que por derecho divino le corresponde la unción presidencial que garantizaría sin alianza, no la presidencia hasta eso es autocritico, sino el registro y una buena pelea.

El rey de tréboles gobierna un municipio, si bien uno importante, no es trascendente ya que los ricos son sus vecinos. Sin ninguna experiencia previa en gobernanza y luchando contra el sueño del hubiera familiar, intenta buscar su propio camino, pero los lobos voraces se aprovechan de su inmadurez para vender falsas esperanzas. Su buena suerte probablemente le ayude en la continuidad de su carrera, el tiempo es lo que sobra para él, pero desafortunadamente lo que haga siempre será comparado con el hubiera de su tatli.

El rey de corazones no gobierna ni su vida. Es producto de un experimento político de la cementera más grande de México y alguna vez del mundo. Administra el Estado más fuerte del país. Su campaña se basó únicamente en redes sociales, con propuestas ambiguas ha navegado entre fuertes pugnas con el centro. El control de la cementera es tal que el verdadero poder reside en una secretaría. El rey de corazones sueña con ser presidente, primero tendrá que entender que en el sur del país no hay Apple sino Android. Lo único real entre todo su teatro es el amor por su Estado, ha sido capaz hasta de disfrazarse con tal de no perder seguidores.

La reina de corazones, sin duda la más inteligente y estratega de los cuatro. El rey se coronó gracias a ella. Controla a la perfección las redes sociales con el objetivo de ayudar al rey sin saber que es ella la que se está posicionando. Con un pie en el Senado ha utilizado su alcance para promover, sin cobrar, arte y cultura de todo el país. Con el toque del Rey Midas, con un “posteo” en sus redes de algún producto o servicio automáticamente es tendencia y sube ventas. Su objetivo político es claro, si los naranjas no la acompañan, su color será independiente. A los súbditos no les caerá bien el Rey, pero defienden a su Reina ferozmente. Su habilidad política es tal que ya hasta el rey de tréboles lo hizo compadre, será padrino de la princesa de corazones y como gratificación compañero de fórmula.

La única persona de toda la ola naranja que sobrevivirá el 2024 será la reina de corazones, el prehistórico líder moverá sus piezas en función de sus intereses con la finalidad de continuar su vida feudal. De edad avanzada, aunque tenga un sucesor en mente, la realidad es que la reina naranja esta imparable.

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