Juego de ojos: De Ahmedabad a Alabama

Juego de ojos: De Ahmedabad a Alabama

En abril se conmemoró el 55 aniversario del asesinato de Martin Luther King, el paladín de los derechos civiles cuya vida y asesinato fueron parteaguas en la nación vecina que en estas fechas se apresta a llevar a juicio a un expresidente al que sólo se puede tachar de miserable.

Y en semanas será el 58 de la marcha de Selma, la poderosa movilización de 1965 que galvanizó el movimiento para dar el voto a los ciudadanos negros en Estados Unidos.

Recordar a King nos lleva a invocar la memoria de otro gigante: Mohandas Karamchand Gandhi, el Mahatma, y otra marcha, la de la sal, que hace 93 años fusionó la energía social que habría de culminar con la independencia de la Indiallamada el Raj Británico, joya de la corona del imperio que la pérfida Albión amasijo con la sangre y el sufrimiento de pueblos en donde nunca se ponía el sol.

Gandhi arrancó en su áshram de Ahmedabad y peregrinó un mes hasta el Océano Índico para fabricar sal. Este a primera vista trivial gesto fue como un torpedo en la línea de flotación del gobierno colonial que mantenía un enfermizo control arancelario y de producción sobre un producto que es esencial para la vida. El ejemplo movilizó a millones.

Martin Luther King arrancó su caminata en Selma y peregrinó tres días a la capital del estado, Montgomery. Este a primera vista trivial gesto fue como un torpedo en la línea de flotación del racismo, que mantenía un enfermizo control sobre los procesos electorales a favor de los blancos. El ejemplo movilizó a millones (Alabama era la catedral del racismo, con acólitos del ku klux klan y George Wallace oficiando en el altar de la discriminación) e impulsó a Washington a promulgar ese mismo año una Ley de Derechos Electorales.

Tenemos mucho que aprender de estos episodios. Juzgados como nimiedades desde el poder, desataron fuerzas sociales que precipitaron cambios que a su vez transformaron el mundo en el que hoy vivimos. Gandhi y King supieron insertar en el imaginario colectivo la noción de que el mundo puede cambiar si muchos individuos tienen determinación y asumen el compromiso, lo que Amos Oz llamó “la orden de la cucharita” en su célebre homilía en contra del fanatismo.

Bien harían en tomar nota nuestros políticos vernáculos ocupados en ridiculizar y satanizar las recientes marchas cívicas celebradas en México: serán recordadas en el futuro como las semillas del cambio.

Cuando la marcha de Selma, King ya había recibido el Premio Nobel de la Paz. Y dos años antes había pronunciado desde las escalinatas del Monumento a Lincoln en la capital estadounidense una de las piezas oratorias más significativas en su movimiento. Hoy sigue inspirando a luchadores en todo el mundo. Con motivo del doble aniversario, hoy comparto con nuestros lectores algunos extractos:

“Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Juego de ojos: De Ahmedabad a Alabama

“Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

“Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de ‘fondos insuficientes’. Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

“Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, “¿Cuándo quedarán satisfechos?”

“Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que “la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.

“Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!’”

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