El plagio es un tópico de moda. No hablo sólo de la barahúnda en curso entre nosotros -cuyo desenlace es más esperado que la ceremonia de los Oscar-, sino de una tendencia que se antoja tan universal y variada como la gastronomía.
Acá tenemos, entre otros casos conocidos -y a no dudar muchos que no han salido a luz-, a un expresidente, a profesores de la UNAM, del ColMex, de universidades estatales y desde luego el affaire de la FES, que no por cacofónico es menos penoso.
Pero los mexicanos no tenemos el monopolio de las trampas académicas.
Un recorrido por el mundo revela un ramillete de mujeres y hombres públicos que a la manera vergonzosa del caballero del partido en el poder que ocupa una curul en nuestra Cámara de Diputados, también creyeron que las tesis son esquivos pergeños de la decadencia intelectual.
Un ministro de Defensa alemán, un presidente -en funciones- de Rusia, un ex primer ministro rumano, políticos gringos, un expresidente húngaro, estadistas españoles y una ex ministra de Educación eslovena, entre muchos otros, están en la lista de la pena ajena.
No debe extrañar que muchas de estas añagazas monográficas hayan sido descubiertas por académicos que ven con alarma el deterioro del clima en los centros de estudio.
Acá tenemos a Guillermo Sheridan, de todos conocido. En Alemania el profesor Martin Heidingsfelder es conocido como el cazador de plagiarios.

Una de sus hazañas fue dar a conocer un trabajo recepcional plagiado y presentado en la Universidad de Ratisbona por un político que 25 años después se sentía muy seguro de su lugar en el espacio público.
¿Suena conocido? No incurriré en la majareta de analizar las expresiones con que los (y las, para ser políticamente correcto) tramposos(as) han querido justificarse y que deben tener a Orwell revolcándose en su tumba, pero hay una que no tiene desperdicio.
El honor corresponde al peruano César Acuña, propietario de un consorcio de universidades, fundador de la Alianza para el Progreso y excandidato a la presidencia de su país.
Cuando se descubrieron las picardías y diabluras con las que obtuvo el doctorado por la Complutense, dijo muy serio: “No es plagio … es copia”.
Pero este choro mareador comenzó cuando comencé un repaso de las manchas que en el terreno del plagio adornan a mi profesión y que echamos bajo la alfombra con el eufemismo de “voladas”.
Un ejemplo se encuentra en uno de los episodios de Janet Cooke de The Washington Post y de Jason Blair de The New York Times.
“Janet Cooke es una hermosa y vital negra con aire dramático y un extraordinario talento para escribir.
También es la cruz que el periodismo -especialmente el Washington Post […] A los 26 años escribió una vívida y dolorosa historia sobre un heroinómano de ocho años a quien el concubino de la madre inyectaba periódicamente.
La información se publicó en primera plana el domingo 28 de septiembre de 1980 y tuvo en vilo a la ciudad durante semanas.
El 13 de abril de 1981 ganó para Cooke el Premio Pulitzer. “En las primeras horas del 15 de abril de 1981, Janet Cooke confesó que era una invención: Jimmy no existía, y tampoco el concubino.
Desde ese momento la expresión ‘Janet Cooke’ se hizo sinónimo de lo peor en el periodismo estadounidense, tal como la palabra ‘Watergate’ significó lo mejor”.
Ella fue, en palabras de Bradlee, “el sueño del periódico”: una negra con inigualables credenciales académicas, inteligente, audaz, gran reportera, políglota, vital y elegante.
En sus primeros ocho meses en el Post firmó 55 notas, hazaña no menor.
Pero sus falsificaciones eran más largas que la cuaresma: no se había graduado en Vassar, no había estudiado en La Sorbona, no era políglota … lo único cierto de su currículo fue que era negra, atractiva y que escribía muy bien.
¿Qué sucedió? En 1982 en una entrevista dijo que había inventado a Jimmy como consecuencia de la terrible presión interna del Washington Post, en cuya redacción se seguía viviendo el ambiente de competencia generado a principios de la década anterior con los éxitos del affaire Watergate.
Al parecer oyó rumores de niños drogadictos, pero como no dio con uno decidió inventar a Jimmy para aplacar a los editores del periódico que la presionaban para escribir sobre esos casos.

Janet se equivocó. El dramático artículo sí merecía el Pulitzer, pero de literatura.
Tiempo después de que la verdad quedara al descubierto para la eterna vergüenza del diario y de su director, Janet se casó con un diplomático y se mudó a París.
En 1996 vendió su historia a la revista GQ y los derechos cinematográficos por un millón y medio de dólares.
El Post ordenó una investigación interna que se publicó con entrada en primera y cuatro planas interiores.
En su libro, Bradlee recuerda que tomó la decisión de que nadie revelaría más del asunto que el propio periódico.
“De mis años en la marina aprendí que para salvar a un buque lo más importante es el control de daños.” Y el único control de daños era decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Quince años después apareció el testimonio de Jayson Blair, el reportero del New York Times que protagonizó uno de los grandes escándalos de la profesión al ser evidenciado como un contumaz y talentoso plagiario.





