La religión católica se practica a través de un mecanismo íntimo de aceptación negativa de los pecados como posibilidad de obtener el perdón que permite ingresar al más allá y esperar los beneficios de la resurrección.
Hasta mediados del siglo XX, la iglesia era un mecanismo de fe mantenido de manera férrea por la autoridad superior y se resumía en el miedo al Santo Oficio o Inquisición en la que un grupo de sacerdotes convertido en jurado religioso decidía sobre la vida de quienes eran acusados de abjurar de las creencias católicas.
La iglesia ingresó a la segunda mitad del siglo XX todavía con la mano dura del miedo al infierno y por lo tanto la jerarquía católica mantuvo la amenaza de que el creyente tenía que portarse bien para poder acceder al cielo y no hundirse en los infiernos dantescos. La inexistencia del infierno fue reconocida por los últimos Papas y ahí comenzó a declinar la capacidad de dominación religiosa.
El acto de confesión obligatoria antes de tomar la eucaristía parecía un entendimiento entre creyente y sacerdote, porque se podían confesar los peores los pecados y al final eran perdonados como unas cuantas oraciones.

Pero allá por los sesenta hubo un gran salto en el pensamiento religioso: las personas se rebelaron ante la imposición obligatoria de principios religiosos en temas tan coyunturales como el divorcio, la homosexualidad, el control natal y la inexistencia del infierno.
Los últimos 30 años se ha notado una declinación en las prácticas religiosas de los creyentes, y se ha llegado al caso en que las propias personas definen pues cuáles son los puntos prohibitivos que supuestamente Dios les perdonaría, abandonando a categoría de los pecados que oficialmente reconoce a la iglesia. Entre ellos, por ejemplo, el divorcio y permitir a los sacerdotes no darles la comunión a los que rompían el lazo matrimonial bendecido por la Iglesia.
Más que un aspecto negativo, la evolución del pensamiento filosófico de la sociedad fue un desafío para regresar a la fe como un acto individual de creencia y no necesitado obligatorio cuyo incumplimiento los condenaba a los peores infiernos. Y ahí los sacerdotes no estuvieron a la altura de las revalidación y modernización de la fe religiosa sin necesidad de amenaza infernales.
El Papa Francisco hizo un esfuerzo por tocar estos temas del divorcio, la sexualidad y los pecados veniales, pero prefirió hacerse a un lado cuando dimensionó que la problemática lo rebasaba y podría afectar la cohesión religiosa.
Ahí, y no la geopolítica, se localiza el principal desafío el Papa León XIV.





