El Mundial sigue siendo el espectáculo deportivo más poderoso del planeta. Quien lo dude, está totalmente fuera de la jugada. No existe otro torneo capaz de detener ciudades enteras, reunir culturas tan distintas y provocar que millones de personas organicen su vida alrededor de sus partidos.
Esa fuerza, sin embargo, también se ha convertido en la principal herramienta de la FIFA para imponer condiciones, exigir privilegios y llevar el negocio hasta límites que hace algunos años parecían imposibles.
La Copa del Mundo de 2026 fue presentada como la más grande e incluyente de la historia. Por primera vez participaron 48 selecciones, se jugaron más partidos y tres países compartieron la organización. Esta ampliación significó abrir las puertas del torneo a nuevas naciones, pero nada de eso dejó de lado la polémica ni las críticas hacia la FIFA.
Porque mientras la FIFA celebraba cifras de audiencia, estadios llenos, récords comerciales y millones de solicitudes de boletos, una parte importante de los aficionados quedó fuera por el precio de las entradas, las restricciones migratorias y una organización que pareció pensar primero en patrocinadores, clientes corporativos y paquetes de hospitalidad antes que en la gente que sostiene este deporte.
El órgano rector del futbol mundial entendió que hacer más grande el Mundial significaba agregar selecciones, partidos, sedes, patrocinadores y oportunidades de facturación. Pero un torneo no necesariamente mejora porque dura más, genera más dinero o vende más espacios publicitarios. También debería medirse por su capacidad de acercar el futbol a las personas.
El aficionado común quedó al margen del Mundial
Los precios del Mundial 2026 fueron tema de conversación desde meses antes del inicio del torneo y dejaron claro que asistir a un partido dejó de ser una experiencia pensada para el seguidor común.
Durante la Copa del Mundo, incluso las entradas más económicas disponibles en la reventa alcanzaron miles de dólares, haciendo prácticamente imposible que muchas familias pudieran acceder a ellas. Por eso, buena parte del público terminó refugiándose en los Fan Fest, que encontraron ahí una de las razones de su enorme éxito. Para la final entre Argentina y España, por ejemplo, el boleto más barato disponible llegó a superar los 7 mil 500 dólares.
Pero el problema del boletaje no se limitó a la reventa informal. La propia FIFA generó incertidumbre con cambios de precios en sus plataformas oficiales y modificaciones en las categorías de los boletos. Es decir, hubo poca claridad en un proceso que debía ser sencillo, más allá de los altos costos.
Y todo lo anterior siempre estuvo justificado bajo la bandera de la oferta y la demanda. Si había personas dispuestas a pagar miles de dólares, la FIFA lo aprovecharía. Y así lo hizo.

FIFA prometió inclusión, pero permitió la exclusión
Otra de las grandes polémicas de esta Copa del Mundo se vivió en el terreno migratorio. La FIFA vendió el Mundial de 48 selecciones como una celebración abierta al planeta, pero numerosos aficionados e incluso integrantes de distintas delegaciones enfrentaron enormes dificultades para obtener una visa o ingresar a Estados Unidos.
Organizaciones de derechos humanos cuestionaron que ciudadanos de selecciones como Marruecos, Egipto, Jordania, Irak y Uzbekistán no pudieran acompañar libremente a sus equipos, ya que incluso personas con documentación válida enfrentaron problemas de ingreso por criterios migratorios y de seguridad en Estados Unidos.
La FIFA sabía desde que eligió las sedes que el torneo dependería de tres políticas migratorias distintas. También conocía que Estados Unidos mantenía controles estrictos para varias nacionalidades, pero aun así incluso otorgó un reconocimiento al presidente Donald Trump como personaje de paz.
Y aunque se creó un sistema prioritario para obtener citas consulares, una cita adelantada nunca equivalió a una visa aprobada. El mensaje para el aficionado fue contradictorio: compra primero, organiza el viaje, paga vuelos y hospedaje, pero acepta que todavía puedes quedarte fuera.
La FIFA quiso apropiarse de la palabra inclusión porque funciona muy bien en la publicidad, aunque terminó permitiendo que las fronteras determinaran qué aficiones tendrían mayor presencia en las tribunas. Ampliar el torneo no garantiza democratizarlo. Puedes invitar a más selecciones y, al mismo tiempo, impedir que buena parte de su gente las acompañe.
Las ganancias son privadas y las facturas públicas
A nivel de impuestos y del dinero que se mueve alrededor del Mundial, la FIFA concentra los ingresos derivados de los derechos de transmisión, patrocinadores, entradas, licencias y hospitalidad, mientras los gobiernos anfitriones absorben una parte importante de los gastos relacionados con seguridad, transporte, servicios públicos, adecuaciones y operación urbana.
En Canadá, por ejemplo, la Oficina del Director Parlamentario de Presupuesto estimó que el apoyo de los distintos niveles de gobierno para recibir 13 partidos superaría los mil millones de dólares canadienses, es decir, aproximadamente 82 millones de recursos públicos por encuentro.
Es evidente que existe un beneficio económico para las ciudades anfitrionas, pero el problema aparece cuando las proyecciones iniciales se presentan como certezas, los presupuestos aumentan con el paso de los años y la responsabilidad de cubrir las diferencias termina recayendo en los contribuyentes.
Las ciudades compiten por ser elegidas, aceptan condiciones extraordinarias y prometen beneficios que, en muchas ocasiones, son difíciles de comprobar. Como ocurrió en México, donde se condonaron impuestos a la FIFA y a quienes participaron directamente en la organización del Mundial. Por esta razón, ciudades como Chicago desistieron de su intención de ser sede de la Copa, al no estar dispuestas a pagar el precio de albergar unos cuantos partidos.
En México, hasta el momento, no ha existido una comunicación oficial del gobierno para informar cuánto dinero ingresó realmente por la organización del Mundial 2026. Según Deloitte, la Copa del Mundo dejó una derrama económica de 2 mil 543 millones de dólares en México, un 7% por debajo de lo estimado a principios de año. Además, el país estuvo muy lejos de los 5.5 millones de turistas internacionales que proyectó el gobierno, al recibir únicamente 198 mil visitantes extranjeros de los 494 mil asistentes registrados.
Los gobiernos justifican cada concesión bajo el argumento de que el Mundial representa una oportunidad histórica, pero la realidad es que, en muchas ocasiones, termina convirtiéndose en un cheque en blanco para los dirigentes del futbol.

La pregunta es inevitable: ¿por qué la institución que obtiene la mayor parte de los ingresos no asume, en la misma proporción, los riesgos y los costos de organizar este evento? Si la FIFA espera recaudar miles de millones, también debería financiar directamente una parte mucho más importante de la seguridad, la movilidad y los servicios extraordinarios que exige su propio torneo.
Más partidos no siempre significan mejor futbol
La obsesión de Gianni Infantino por expandir sus competencias está saturando el calendario. Más selecciones, más fases, más torneos y más partidos significan nuevas ventanas comerciales, pero también una carga creciente para los futbolistas y los clubes.
La ampliación a 48 selecciones produjo más oportunidades deportivas, algo positivo para federaciones que históricamente tenían pocas posibilidades de clasificarse. Sin embargo, también hizo más largo el camino, aumentó los traslados y redujo los periodos de recuperación.
El futbol parece avanzar hacia un punto en el que cada espacio disponible debe convertirse en inventario comercial. Si existe una semana libre, alguien propone una nueva competencia. Si un torneo funciona, se amplía. Si un formato genera dinero, se repite hasta agotarlo.
La FIFA dice preocuparse por el bienestar de los jugadores, pero sus decisiones responden principalmente al crecimiento de sus eventos. Los clubes protestan, las ligas cuestionan y los futbolistas acumulan minutos, viajes y lesiones. Después todos participan, porque quedarse fuera también tiene un costo deportivo y económico.
Esa es otra forma de ejercer el poder: construir competencias tan importantes que nadie pueda rechazarlas, aunque no esté de acuerdo con las condiciones.
¿Qué dejó el Mundial 2026?
El Mundial 2026 dejó grandes partidos, sorpresas, emociones y momentos que permanecerán en la memoria. La crítica hacia la FIFA no significa negar la grandeza deportiva del torneo ni minimizar el trabajo de jugadores, entrenadores, voluntarios y aficionados.
Pero tampoco se puede ignorar el riesgo de que la FIFA termine deteriorando aquello que hace tan valioso su propio negocio. Puede aumentar los ingresos, vender entradas cada vez más caras, crear paquetes exclusivos y multiplicar los partidos, pero no puede fabricar artificialmente la conexión de la gente con el futbol.
Cuando una familia ya no puede pagar una entrada, cuando un aficionado compra un boleto sin saber si podrá obtener una visa, cuando una ciudad debe recortar recursos para cubrir sobrecostos y cuando el futbolista llega exhausto a la competencia, el espectáculo sigue funcionando, pero comienza a perder aquello que lo hizo tan grande durante décadas.
El futbol puede sobrevivir a casi cualquier dirigente. Lo que no debería permitirse es que sus dirigentes conviertan la pasión en un privilegio reservado para quienes pueden pagarla.
Porque el día en que el aficionado común deje de sentirse parte del Mundial, la FIFA podrá seguir presumiendo miles de millones en ingresos, estadios corporativos y audiencias globales, pero habrá perdido algo que ningún patrocinador puede comprar: el alma del futbol.





