Si a la volatilidad y la incertidumbre se añade una buena dosis de imprevisibilidad, el cóctel entonces resulta explosivo: el retorno al poder de Donald Trump sacudirá más el avispero global.
Y, mientras, los ciudadanos de a pie siguen con sus vidas en esta gran aldea global pocos reparan en cuanto está sucediendo a nuestro alrededor porque estamos en una fase de transformación hacia un nuevo orden mundial liderado por diversas potencias que buscan readecuar (a su conveniencia) las reglas heredadas desde la Segunda Guerra Mundial.
Trump no hará que el mundo sea mucho más seguro, ni mucho más estable, vamos si consigue el prometido alto el fuego en la invasión rusa de Ucrania, eso tampoco significa que traerá la paz.
Las verdaderas prioridades del magnate pasan por amurallar a su país, blindar sus fronteras e inclusive hasta llegar a Groenlandia de ser posible; no es Rusia la máxima preocupación ni de Trump, ni de los asesores de seguridad nacional, que llevan desde 2000 advirtiendo en sendos análisis que en el siglo XXI muy probablemente Estados Unidos y China tengan un desencuentro bélico.
Geoseguridad: Mendicidad
El motivo será Taiwán. Dentro de esa órbita, en el nuevo cuatrienio que lidera el republicano una de sus más claras intenciones es la de reforzar la seguridad de la Unión Americana e incluso gastar más en armas; en inversión de inteligencia militar y en satélites.
Ya no basta con tener armas nucleares. La guerra híbrida necesita de los satélites como los necesita en el campo de batalla los drones para llegar al objetivo pretendido.
Bajo esa obsesión de pertrecharse ante China, Trump vuelve con la idea de dejar que los europeos se defiendan a sí mismos e incluso pretende (como ya lo intentó en su primer mandato) reducir y hasta desmantelar algunas de sus bases para retornar a Estados Unidos a sus 35 mil soldados dispersos en diversas bases en Alemania. Volverá a chantajear al gobierno teutón y a la OTAN por esa vía.
Seguridad híbrida: Toxicomanía, entre el combate al terrorismo y los sistemas sanitarios
A Trump no le interesa Europa, no le ve un valor estratégico, ni tampoco quiere entrar en un choque dialéctico por los intereses de Putin en Europa. Si al dictador ruso le interesa cuidar su traspatio y reconstruir su área de influencia en el nuevo orden mundial de la segunda mitad del siglo XXI; a, Trump, le interesa hacer exactamente lo mismo con Estados Unidos.
Dirá el republicano aquello que decía James Monroe: “América, para los americanos”. Esa América es para Trump desde Estados Unidos hacia Groenlandia y nuevamente vuelve a mostrar su escasa visión porque México tiene mucho más valor estratégico en ese modelo de seguridad trumpista que inclusive Canadá y Groenlandia juntas.
En esa visión obtusa habla de apropiarse por la fuerza, ya sea de Canadá para que sea el estado 51 de la Unión Americana o de Groenlandia que es un territorio autónomo perteneciente al reino de Dinamarca. Trump olvida el peso fundamental de la geopolítica y de la geoeconomía.
La Unión Europea lo entendió siempre y desde que nació en 1957, gracias al Tratado de Roma, se convirtió en un entramado de paz pero también de unión y de prosperidad para sus miembros; de eliminar las barreras arancelarias; de sincronizar políticas monetarias, fiscales, financieras, ecológicas y de permitir la libre movilidad de sus ciudadanos entre los países miembros. Trump, si fuese visionario, no amenazaría con tomar por la fuerza a un vecino, bastaría con proponer que Estados Unidos, México, Canadá y Groenlandia formasen un modelo símil de la UE y, hasta en sus aspiraciones, podría tener un ejército en común con un modelo de seguridad en común.
- Claudia Luna Palencia Periodista, escritora y corresponsal España y Europa
- @claudialunapale





