No se requiere de mucha especialidad geopolítica para entender que en Irán y Cuba existen dos lógicas diferentes: Teherán tiene petróleo, influye en una zona geopolítica fundamental y significa un (des)equilibrio regional. Cuba hace tiempo que dejó de influir en América Latina, su modelo político cerrado y militarista no es un ejemplo y es repudiado por prácticamente todas las sociedades latinoamericanas y el simbolismo de la Revolución Cubana hace más de 50 años que pasó a la historia.
Se entiende que Trump quiera recuperar para EU el liderazgo energético mundial como principal consumidor de petróleo y también con reservas de importancia, pero tenía ya un cierto control y aislamiento sobre Irán con el trabajo geopolítico a través de sus vecinos. Pero de ahí a la amenaza de Trump desaparecer a la civilización iraní de casi 100 millones de personas y borrarlas de la faz de la tierra es algo que en un modelo microscópico intentó Hitler con siete millones de judíos.
El uso del concepto en un documento oficial de la Casa Blanca de desaparecer a la civilización iraní en realidad no sólo fue un despropósito y se movió sólo a caracterizar de una locura ese objetivo, sino que fue preocupante porque en el fondo Trump tenía el convencimiento de que podía desaparecer a la civilización iraní porque Estados Unidos posee arsenal nuclear suficiente para esos menesteres.
Y lo mismo ocurre en Cuba. Con bastante frivolidad que hay que leer con seriedad porque lo dijo en escenarios veraces, Trump dijo que él podía competir por la presidencia de Cuba una vez recuperada la isla o que podría poner al estadounidense de origen cubano marco Rubio como presidente cubano, argumentaciones que fueron ya no se diga irracionales sino preocupantes por el estado de inestabilidad mental el presidente de Estados Unidos.
Y el problema adicional es que con sus ofensivas en Irán y Cuba perdió Estados Unidos alianzas en la región del Medio Oriente que son de valor incalculable por la zona delicada de la guerra religiosa entre árabes y judíos y en América Latina fragmentó a países por razones geopolíticas –como México– siguen cuidando el precario equilibrio regional con la existencia de Cuba.
Trump perdió para Estados Unidos la alianza –mal que bien– existía con la OTAN como línea roja respecto a la zona comunista del este asiático, sobre todo con Rusia, China y Corea del Norte, amenazado con desaparecer al bloque militar europeo y no pasa día en que insulte a los presidentes que no aceptan las posiciones radicales de EU. Y el mismo escenario existen en América Latina: la fractura del continente por apoyar o no a Trump.





