Las relaciones México-Estados Unidos han sido definidas por circunstancias de la coyuntura, usualmente por los enfoques imprevisibles de los presidentes americanos.
Aunque se ha insistido en la vecindad geográfica inevitable casi como maldición histórica, las vinculaciones han sido consecuencia de enfoques geopolíticos, de recursos naturales y de subordinación de necesidades.
El modelo de relaciones que prevaleció desde 1993 por el Tratado de Comercio Libre y sobre todo por el enfoque neoliberal de los gobiernos mexicanos llegó a su fin con el arribo del presidente López Obrador a Palacio Nacional.
Y si bien no se ha dado un replanteamiento de políticas, sí ha existido una intención mexicana de elevar las vinculaciones a niveles de reciprocidad real y no demagógica.
Los desentendimientos entre Biden y López Obrador se dieron alrededor de la realización de la IX Cumbre de las Américas en Los Angeles el 6 y 7 de junio.

El punto central de los conflictos radicó en la decisión unilateral de la Casa Blanca de plantear condicionamientos determinados por la coyuntura de la guerra de Ucrania y la necesidad de replantear en el fondo la doctrina Monroe de dominio estadounidense en América para evitar la penetración de Rusia y China.
El problema de fondo se localiza en las relaciones de Estados Unidos y las demás naciones al sur del río Bravo en función del marco político e ideológico de la OEA, organización que definió su enfoque excluyente en 1962 cuando Estados Unidos ordenó que todos los países de la región rompieran relaciones diplomáticas con la Cuba en su fase marxista leninista.
El cambio en los enfoques geopolíticos en los últimos 60 años ha convertido en obsoleta la caracterización ideológica que dominó el ciclo de la guerra fría 1947-1991.
Varios países latinoamericanos y caribeños experimentaron formas de Gobierno socialista y ahora en fase populista y la Casa Blanca ha debido de enfrentar los conflictos del mundo postsoviético, sobre todo la fase del terrorismo musulmán violento.
El siglo XXI ha mostrado la obsolescencia del viejo orden ideológico del pasado.
La IX Cumbre ha mostrado una regresión ideológica y geopolítica de la Casa Blanca y una desviación lateral de los gobiernos populistas latinoamericanos y caribeños.
Más que la lista de invitados o excluidos, la IX Cumbre dejó pasar la oportunidad de modernizar las relaciones geopolíticas en el continente americano y ha regresado el ambiente a los años negros del imperialismo estadounidense en su etapa del macartismo fascistoide de la primera mitad de los años cincuenta.





