México: nuevo rostro del poder

México: nuevo rostro del poder

Los resultados de las elecciones generales del pasado 2 de junio –las más numerosas en la historia porque se votaron más de 20,000 cargos públicos– rediseñaron el rostro político del poder mexicano para los próximos seis años 2024-2030 y dejaron una secuela de efectos desorganizativos en las principales fuerzas políticas.

Las elecciones fueron, desde todos los puntos de vista, atípicas, comenzando, por ejemplo, con la alianza política entre tres adversarios históricos que formatearon las corrientes políticas del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI: el PRI que dominó de 1929 al 2000 y luego fue base política para alianzas, el PAN que nació contra el PRI en 1939 y el PRD formado por un desprendimiento político o ideológico del tronco priista en 1987-1988 y con una ideología original antipanista y antipriista.

El dato más importante se localiza en que las elecciones parecieron enfilarse a principios de año hacia una tensión política con ciertos grados de confrontación que rayaba a veces en la violencia verbal, al final se encaminaron de manera sorpresiva en un canal de segunda gran institucionalización de las actividades político partidistas, después de la inusitada e inesperada victoria del PAN en las elecciones presidenciales del 2000, marcando la primera gran alternancia del régimen político posrevolucionario.

Las elecciones se movieron en el terreno de las ideas, es decir en el espacio del sistema político como conjunto de instituciones encargadas de la gestión de los asuntos públicos. El régimen constitucional no se sometió ni a modificación ni a plebiscito, aunque el resultado electoral y la agenda de reformas de gobierno impulsó de manera inmediata Morena ajustes de régimen para desahogarse en el periodo ordinario de sesiones legislativas de septiembre, la última del ciclo gubernamental 2018-2024, pero sin cambiar las características esenciales del régimen mexicano: presidencial, representativo y electoral.

El refrendo del proyecto político del presidente López Obrador a través de su candidata Claudia Sheinbaum Pardo redefinirá algunos de los perfiles no determinantes de la estructura de poder, pero a partir de la realidad sistémica de que cada ciclo de gobierno sexenal depura herencias y continuidades y fija los espacios de un relevo de grupos políticos y liderazgos sociales.

En lo que pareciera ser períodos bisexenales –o ciclos de doce años–, México entró en una continuidad del proyecto lopezobradorista, con los ajustes naturales de estilos, personalidades y presencias, para constituir los que se llamó “el segundo piso” o el segundo sexenio de la llamada Cuarta Transformación.

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