El escenario geopolítico contemporáneo atraviesa una metamorfosis estructural donde los vectores de inestabilidad se han desterritorializado; en ese orden de ideas, la globalización, lejos de consolidar un orden armónico, opera como un factor desestabilizador que erosiona la soberanía estatal e intensifica la vulnerabilidad sistémica ante crisis multidimensionales (Fondo Monetario Internacional [FMI], 2022).
Derivado de lo anterior; es importante tener en el radar y analizar metodológicamente cómo las amenazas emergentes; derivadas de flujos migratorios masivos, crisis ambientales y ciberdefensa, exigen una reconfiguración de los aparatos de seguridad estatal.
En ese orden de ideas; mediante la articulación teórica de Zygmunt Bauman, Antonio Gramsci y Mary Kaldor, es posible examinar la transición hacia un Sistema Nacional de Inteligencia Moderno fundamentado en la inteligencia estratégica y el ciclo OODA (Observar, Orientar, Decidir, Actuar).
Ahora bien; partiendo de la Solidez Líquida de Bauman, al Interregno de Gramsci, es posible comprender la dilución de las fronteras tradicionales y la pérdida de autonomía política de los Estados frente a corporaciones transnacionales y flujos ilícitos, por ello, resulta indispensable recurrir a la tesis de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman (2000), toda vez que bajo esta óptica, se observa que las estructuras institucionales sólidas del Estado-nación se han derretido ante una globalización que liberaliza capitales, información y riesgos de manera instantánea.
Esta fluidez sistémica impide que las agencias estatales utilicen métodos de contención analógicos o reactivos del Siglo XX; toda vez que la certidumbre territorial ha sido sustituida por una vulnerabilidad permanente (Jones, 2022) en el presente siglo XXI.
Esta licuefacción institucional coincide con el concepto de interregno formulado por Antonio Gramsci (1971), quien advertía que cuando «lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, en este espacio surgen los síntomas morbosos más variados» y en el contexto actual, el orden westfaliano tradicional y los organismos multilaterales tradicionales, como la ONU o la OMS, experimentan una parálisis de eficacia (Organización Mundial de la Salud, 2021).
No obstante, los mecanismos de gobernanza global aún no se consolidan y es precisamente en este interregno, donde emergen los «síntomas morbidos» que son fenómenos políticos, sociales y económicos destructivos que surgen cuando un viejo orden mundial está muriendo, pero el nuevo aún no termina de nacer, que descritos en el diagnóstico empírico, serían el auge de populismos radicales, la polarización identitaria frente a la homogeneización cultural, y el resurgimiento de nacionalismos xenófobos como reacción a las crisis migratorias encadenadas por conflictos transnacionales, como los casos de Siria y Venezuela (Gómez, 2021; Hausmann & Santos, 2020) y en donde las Nuevas Guerras y la Mutación del Conflicto encuentran implicaciones geopolíticas.

Esto es porque los fenómenos descritos en el terreno fáctico, tales como la manipulación informativa, el uso de criptomonedas por redes criminales y la fragmentación social debida a crisis económicas o deslocalizaciones, se subsumen bajo la teoría de las nuevas guerras de Mary Kaldor (2012), que a diferencia de las guerras convencionales catalogadas por el realismo clásico (Morgenthau, 1948), en el presente siglo, las conflictividades contemporáneas no son exclusivamente estatales ni territoriales, sino híbridas y descentralizadas.
En ese sentido; Kaldor (2012) sostiene que las nuevas guerras difuminan las fronteras entre combate militar, crimen organizado transnacional y violaciones sistemáticas de derechos humanos, por lo que en este marco, el enemigo no es un ejército visible con insignias, sino redes difusas y adaptativas que instrumentalizan la desinformación, ciberataques a infraestructuras críticas y la guerra cognitiva para erosionar la soberanía digital de los Estados (Pérez, 2018; UNIDIR, 2023).
Luego entonces; los conflictos multifacéticos como los de Siria o Sudán del Sur evidencian que las motivaciones políticas se entrelazan con economías de guerra delictivas y disputas geoestratégicas por recursos vitales como el agua y la seguridad alimentaria en contextos de crisis climática (Martínez, 2019; Munar, 2010).
Ante estos acontecimientos entre lo Solido y lo liquido, la respuesta institucional; debe pasar a la consolidación de una Inteligencia Estratégica y el Ciclo OODA, y mitigar las amenazas que emergen en este entramado y en donde los protocolos diplomáticos tradicionales resultan insuficientes debido a la volatilidad de la voluntad de las partes y en la que los Estados, deben transitar de una postura reactiva de «resolución» idealizada a un enfoque pragmático de «gestión y contención» del riesgo (Spencer, 2020).
Aquí radica la justificación de un Sistema Nacional de Inteligencia Moderno que aplique la inteligencia prospectiva y el diseño de escenarios predictivos (Gómez, 2021); en virtud de que la operatividad en entornos de alta incertidumbre e información incompleta requiere la adopción metodológica del ciclo OODA desarrollado por John Boyd (Osint Research Group, 2023) ya que este bucle estratégico se integra en las fases del sistema de la siguiente manera: Observar: Capturar de forma multidimensional el Big Data, datos satelitales y señales tempranas de disconformidad social, volatilidad financiera o ciberamenazas (World Economic Forum, 2022).Orientar: Romper los sesgos burocráticos y analizar la información fusionando la geopolítica con la economía, la psicología social y la contrainteligencia digital. Esta fase es crítica para neutralizar campañas de desinformación antes de que alteren procesos democráticos (CSIS, 2023).Decidir: Formular cursos de acción realistas y pragmáticos, asumiendo que en la gestión de crisis complejas; como las negociaciones asimétricas en zonas de conflicto, las decisiones no se rigen por absolutos éticos, sino por intereses de supervivencia estatal y Actuar: Ejecutar operaciones de contención o influencia de manera más rápida que el ciclo de adaptación del adversario no estatal.
Al acelerar el ciclo OODA, el Sistema Nacional de Inteligencia logra procesar el «ruido» informativo y operar eficazmente dentro de la liquidez del entorno global, transformando la sorpresa estratégica en una ventaja adaptativa.
Sin lugar a dudas; vivimos en un interregno globalizado donde la disolución de los contenedores sólidos del poder ha dado paso a amenazas líquidas, asimétricas y multidimensionales, el fracaso de los mecanismos de prevención tradicionales demuestra que el conflicto contemporáneo no puede gestionarse con normativas estáticas, toda vez que solo mediante un Sistema Nacional de Inteligencia Moderno, que sustituya la reacción lineal por la proactividad de la inteligencia estratégica y la agilidad cognitiva del ciclo OODA, los Estados podrán mitigar los riesgos emergentes y salvaguardar su seguridad nacional en este convulso escenario del siglo XXI.





