En 1948 la Asamblea General de la ONU proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos como un ideal común al que todos los pueblos y naciones debían esforzarse por alcanzar.
Sin embargo, algunas décadas después, la aplicación de los principios universales propios de los derechos humanos desembocó en el desconocimiento de la autodeterminación de los pueblos y en la implantación del principio de injerencia de la comunidad internacional en los asuntos locales y en las políticas de cambio de régimen. Se planteó la posibilidad hasta entonces imposible de la vigencia de unos derechos humanos implantados mediante la guerra, en lo que algunos pensadores denominaron «la avanzada moral», o sea la intención de buscar la paz con medios violentos.
Así sucedió en el caso de la guerra de Irak y Afganistán, cuando los principios universales de la libertad de mercado, la libertad individual, los derechos humanos y la democracia liberal fueron enarbolados inesperadamente como una bandera de intervención en terceros países, que serían recipendarios de la vigencia de unos derechos humanos que la comunidad internacional implantaría mediante el uso aplastante de la fuerza militar.
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Pareció necesario entonces enfatizar un enfoque «pacífico» de los derechos humanos y cobró vigencia la pregunta de ¿qué aporta la cultura de paz a los derechos humanos? poniendo de relieve la importancia del derecho humano a la paz, considerado ahora como el más importante de los derechos humanos. Los derechos humanos vistos desde el punto de vista de la paz le otorgan a la paz una sentido resucitado y valorado de paz positiva, una paz que no es la simple ausencia de guerra sino un anhelo compartido de respeto de los derechos humanos mediante mecanismos e instrumentos pacíficos, sin intervenciones militares de cambio de régimen.
La resolución 53/243 del 6 de octubre de 1999 fue aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, se trata de la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz. Allí dice que “la paz no sólo es la ausencia de conflictos, sino que también requiere un proceso positivo, dinámico y participativo en que se promueva el diálogo y se solucionen los conflictos en un espíritu de entendimiento y cooperación mutuos”.
Si la paz es el más importante de los derechos humanos, estos derechos humanos solo deben prosperar y desarrollarse mediante mecanismos e instrumentos internacionales de paz. La simbología del Estado nacional es una estructura de significado basada en contenidos opuestos a la paz, nacidos como una cultura de guerra, vinculada en nuestra región latinoamericana a los procesos de independencia y posteriores guerras civiles. Los himnos nacionales, la bandera, las fechas patrias y el nacionalismo son referencias bélicas ancladas en la visión del otro como enemigo. Muy por el contrario, la cultura de paz carece de anclajes nacionales, tiene pertenencias globales y un carácter abstracto y desterritorializado.
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En realidad, la violencia no es consustancial al ser humano, sino que es una expresión cultural e históricamente creada. Se afirma con razón que el conflicto y la controversia siempre estarán presentes en las relaciones interpersonales, intercomunitarias e internacionales, buscando argumentos a favor de que la guerra y la violencia son mecanismos “normales” y necesarios de resolución de conflictos. Lo cierto es que la violencia es no ni la única ni la mejor forma de solucionar los conflictos de la sociedad, porque la violencia no es normal ni necesaria ni eficiente. El conflicto y la controversia son factores obvios en la sociedad, pero no la violencia y la guerra.
Este postulado de paz aquí planteado es anti hobbesiano, en un contexto donde la política y lo político se siguen pensando y se siguen enseñando en términos hobbesianos de guerra, sobre todo en las relaciones internacionales.
Kenneth Waltz, uno de los teóricos más destacados en las Relaciones Internacionales, afirma caprichosamente que «el ser humano es agresivo de naturaleza y aplica la guerra y la violencia en su lucha por su existencia y por la resolución de conflictos”.
Con mucha sensibilidad y certeza Johan Galtung sostiene que el principal obstáculo para crear un sistema de paz es el actual sistema de Estados y consecuentemente el sistema mundial. La incompatibilidad de este sistema con la paz está sedimentada en la mentalidad del Estado de ser la causa originaria de su propia consecuencia y pretender una exitosa sostenibilidad del monopolio de la violencia, cuando en realidad ambas cosas están en crisis profunda.
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El derecho a la paz es el derecho humano a la pertenencia significativa a un territorio en paz. Los acuerdos de paz que ponen fin a los conflictos armados y re-crean un Estado nacional que recuperaría el monopolio de la violencia con el compromiso de no ejercerla, ponen fin a un ciclo de violencia y re-crean un Estado que ya no debería definirse tan tajantemente por el monopolio de la violencia sino por su capacidad en alcanzar consensos de paz.
Se trata de contraponer valores de paz a los fundamentos que se interiorizaron durante siglos, que conforman una cultura de la violencia en las relaciones humanas y en la resolución de los conflictos.
A pesar de que los motivos y las formas en que se manifieste varíen, la causa profunda de la intolerancia es siempre la misma: la incorrecta consideración del “otro”, la consideración del “diferente” como “enemigo”.
Las guerras son algo inventado, cultural, fruto de nuestra civilización. Al igual que se cultiva una cultura de la violencia, se puede también cultivar y transmitir una cultura de la paz.





