Con el enfoque de reconstrucción del poderío estadounidense en el planeta, México tiene un espacio especial en la agenda de Donald Trump: regresar a su vecino del sur a la condición de capitalismo subdesarrollado dependiente.
A Trump le tocó el último año de Enrique Peña Nieto y aprovechó el tropiezo del mexiquense cuando no pudo completar su estrategia de traer a México a los dos candidatos presidenciales –la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump–, mantuvo la invitación a Trump cuando Hillary declinó visitar el país y dejó libre al aspirante para sus insultos racistas.
Lo único que quiere Trump es deshacer el modelo globalizador de integración comercial en el mercado norteamericano y sus razones pueden ser válidas porque México no cumplió su compromiso de aumentar su grado de desarrollo propio y se convirtió en una nación maquiladora o ensambladora favoreciendo sobre todo a China.
También hay que señalar que el tratado que comenzó a negociar George Bush Sr. y terminó William Clinton llevaba escondido en sus entrañas los virus de la geopolítica de dominación. En 1990, el entonces embajador estadounidense en México John Dimitri Negroponte –una figura del espionaje de la CIA en tiempos de Kissinger– envió un memorándum al subsecretario de Estado para apresurar la firma del Tratado porque era el cantado que se le iba a poner a la política exterior progresista y ligeramente autónoma de los principios diplomáticos de México. El Memorándum Negroponte fijó los términos ocultos del Tratado.
México no se ha salido del marco referencial del desarrollo capitalista dependiente, pero con López Obrador y ahora Sheinbaum Pardo ha tratado de mantener una política exterior progresista de alianza con las pocas naciones populistas en América Latina. Y ahí es donde Trump ha puesto la condición del todo o nada; es decir, que México debe dar la espalda a su autonomía relativa y subordinarse como socio dependiente no sólo del comercio bilateral, sino de su geopolítica subyacente.
El problema es que los gobiernos de la 4ªT carecen de política de desarrollo industrial y agropecuario y el eje central de su programa de desarrollo es el asistencialismo de primer piso o entrega de dinero regalado a los sectores marginados de la producción. Nada hay en el proyecto asistencialista de la 4ªT de cambio de régimen capitalista o de un regreso intervencionista del Estado. Mientras México no tenga un modelo de desarrollo con capacidad de autonomía, seguirá dependiendo de los vaivenes de la geopolítica estadounidense.





