En apenas 24 páginas de redacción la Interim National Security Strategic Guidance (Orientación Estratégica Interina de Seguridad Nacional) del presidente Biden describe las principales prioridades de seguridad nacional de la nueva presidencia de Estados Unidos.
En esas páginas, a tono con las afirmaciones dichas por Biden en la campaña electoral de 2020, se expresa un cambio de enfoque en el terrorismo y de pausa relativa de los esfuerzos antiterroristas americanos en el mundo. Incluso cuando era vicepresidente de Barack Obama, Biden no consideraba que el terrorismo fuera una amenaza existencial para Estados Unidos.
Veinte años después de iniciada la guerra global contra el terrorismo, las nuevas generaciones no tienen experiencia sobre los atentados del 11 de septiembre y comienzan su juventud en un mundo diferente. Las imágenes del 6 de enero de 2021 golpearon nuevamente el corazón de Estados Unidos, pero ahora desde sus propias encrucijadas interiores.
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La estrategia de la INSSG afirma con claridad que el agravamiento del cambio climático sí es un riesgo existencial para Estados Unidos. La agenda de temas relativos al cambio climático y la transición hacia un nuevo futuro energético corporizan las prioridades de seguridad nacional de Biden, dejando a la lucha antiterrorista en un segundo plano.
Ahora importa revisar las políticas antiterroristas tan criticadas dentro del país en lugar de intervenir en operaciones fuera de casa.
Algunos tramos de la Orientación Estratégica Interina manifiestan una continuidad de la nueva administración tras los pasos del expresidente Barack Obama, aunque Biden avanza todavía más en la reducción de la presencia antiterrorista americana.
Desde comienzos de año las tropas estadounidenses en Afganistán e Irak han bajado a un mínimo histórico de 2.500 soldados en cada país y Biden planea reducirlas pronto a cero mientras busca la reactivación de las conversaciones de paz multilaterales.
Mientras se reduce la presencia militar en el extranjero no puede ignorar los hechos recientes del terrorismo nacional. La retórica populista del presidente Trump exacerbó los ánimos y se mostró incapaz de condenar los ataques de activistas violentos de extrema derecha, todo lo cual terminó el 6 de enero en los hechos del Capitolio.
Es innegable que los grupos extremistas violentos están ganando terreno en Estados Unidos y otros países occidentales. El ataque al Capitolio mostró una derecha heterogénea, que incluye las identidades WASP, supremacistas, milicias de derecha y movimientos antigobierno cargados de ideologías racistas.
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En dicho asalto no solo se vio la participación de militares retirados sino también de personal activo lo que volvió urgente la necesidad de abordar el problema del extremismo dentro de las fuerzas armadas. El nuevo secretario de defensa Lloyd Austin decretó un día de retirada para la reflexión militar sobre el extremismo dentro de las fuerzas armadas. Aunque es una decisión simbólica, implica un reconocimiento del problema.
Enfocados en este conjunto de iniciativas sería un error olvidarse del terrorismo islamista. El Estado islámico perdió todos los territorios que alguna vez dominó, pero en su buena época logró atraer a miles de combatientes extranjeros a sus filas lo que obliga a tomar en cuenta la adherencia interior que el extremismo islámico tiene en los países occidentales.
Después de que pasaron dos décadas desde el inicio de la guerra global contra el terrorismo, la fatiga de las políticas es notoria y la aparición de otras prioridades ya es evidente porque el extremismo y el terrorismo han evolucionado y se han readaptado nuevamente, desafiando cualquier pasividad o lentitud de las sociedades para modificar sus puntos de vista.
El efecto“Harfuch”
La amenaza clásica que representaban los grupos ubicados en estancos seguros lejos de casa ya no es el foco de preocupación de seguridad para Estados Unidos. Ahora ocupan su lugar los terroristas domésticos que se sienten agraviados por la crisis económica y la inestabilidad política.
Ambas formas de terrorismo, internacional y doméstico, tienen vasos comunicantes que no pueden desdeñarse. Es vital variar las prioridades y responder a las nuevas amenazas, pero también es esencial mantener un ojo abierto para los “viejos problemas”.
Mantener una estrategia antiterrorista equilibrada implica incorporar al mismo tiempo las políticas duras y blandas (smart power) para afrontar la diversidad de aspectos del terrorismo, una tarea que puede ocupar más de un mandato presidencial. La presencia Biden ofrece una brecha de oportunidad para dar un paso atrás y revisar lo que Estados Unidos ha hecho hasta ahora en la lucha contra el terrorismo global.
El secretario de Estado Anthony Blinken afirmó que Estados Unidos mantiene sin cambios dos grandes principios de su política exterior: uno es que el liderazgo y el compromiso estadounidenses son importantes y el otro principio perdurable es que Estados Unidos necesita que los países cooperen. Después de los cuatro años republicanos donde Donald Trump insistió persistentemente en que Estados Unidos se desinteresara del mundo, la promesa demócrata es la intención de Estados Unidos de hacerse cargo del liderazgo mundial y apoyarse en la cooperación internacional para compartir la carga





