Hace unas semanas, Morena y sus aliados perdieron la votación sobre la llamada reforma energética en la Cámara de Diputados.
La razón: no les alcanzó la mayoría calificada requerida para cambiar la Constitución.
Más allá de estridencias por parte de quienes celebran una gran victoria opositora o denunciar actos de “traición a la Patria”, se trata en el fondo de un asunto de realismo básico: los resultados de las elecciones de 2021 solo permitían ese punto de veto, y si el PRI, el PAN, el PRD y MC no actuaban de manera unificada en este tema, hubieran perdido toda credibilidad como opción rumbo a 2024.
Ahora bien, si lo que vimos fue una escaramuza exitosa por parte de la oposición, eso no significa que sea una derrota para el gobierno.
Bajo esta premisa, ¿qué puede hacer el presidente para avanzar su agenda, aun cuando se trate de una reforma constitucional? Para empezar, Morena y aliados mantienen la mayoría simple en ambas cámaras, lo cual en teoría les permite modificar cualquier ley.
Incluso hay quienes piensan que podría usar sus asientos a manera de “aplanadora”, como el PRI en sus años de gloria.
Sin embargo, ese también es un bonito deseo: conforme avance el sexenio a su recta final, es posible que PT y PVEM incrementen sus costos de negociación en temas clave.
Además, la propia cohesión de Morena estaría en riesgo si el presidente pierde el control sobre su propia sucesión.
Entonces, ¿qué puede hacer? En primer lugar, centrarse en temas importantes y generar distractores a manera de presión.
Por ejemplo, quizás no le importe la reforma constitucional en materia político-electoral, pero ciertamente usará el tema como caballo de batalla rumbo a la renovación de cuatro asientos del Instituto Nacional Electoral, aspirando así a tres de éstos para capturar al órgano.
Incluso puede jugar con las expectativas de la ciudadanía, enviando al Senado una iniciativa de reforma constitucional, como sería la incorporación de la Guardia Nacional a las Fuerzas Armadas, donde puede lograr una mayoría calificada.
¿La detendrán en la Cámara de Diputados? Muy probablemente, pero la inercia que lleva la crispación social puede hacer que los costos del rechazo sean mayores.
En todo caso, y en el peor de los escenarios, si las cosas le salen mal puede radicalizar su discurso.
Hay muchas vías para hacerlo, pues su retórica está llena de alusiones religiosas o teleológicas.
Es decir: si la culminación de su Cuarta Transformación es inevitable, puede hacer pasar a la oposición como meros obstáculos a superar.
Ese recurso ha sido el favorito de muchos regímenes autoritarios y totalitarios, y solo basta con un pequeño giro para que sea eficaz en el contexto nacional.
Por lo tanto, para que el revés del presidente en la reforma eléctrica llegue a convertirse en una derrota, falta todavía un trecho.
Sobre todo, el reto para la oposición es generar una alternativa creíble y atractiva, lo cual requiere autocrítica y una renovación de discursos.
Y si no están planeando más allá de la coyuntura, pueden desbocarse en el últimos tramos del sexenio.





