Un elemento fundamental de cualquier proceso de planeación estratégica es tener claras tanto las fortalezas como debilidades propias y del o de los oponentes.
Podría esto sonar hasta trillado, pero basta con darse una vuelta por la opinocracia o las redes sociales para darnos cuenta de que muchos están planteando sus acciones a futuro a partir de supuestos heroicos.
Por lo anterior, a lo largo de los próximos artículos se explorarán algunas de esas verdades incómodas que muy pocos se quieran decir.
Claro está, y como se espera de todo ejercicio, las afirmaciones son calibrables – pero siempre es útil escuchar voces disonantes para hacerse de un criterio.
2018 fue un final de época- A lo largo de los últimos 30 años hubo muchas reformas institucionales de gran calado, que ciertamente representaron una mejora significativa frente a lo que antes se tenía.
Sin embargo, faltó un elemento central: una narrativa que incluyese a todos, para legitimar los cambios.
Lo máximo que se intentó fue el llamado “liberalismo social” durante los años de Carlos Salinas de Gortari.
Al no haber un discurso que articulase un consenso, López Obrador se apoyó, y ganó, aprovechándose de la narrativa que debió haberse superado: el nacionalismo revolucionario.
Por otra parte, muchas reformas fueron aplicadas selectivamente y dentro de un sistema político autoritario cerrado, generando oligopolios y complicidades entre el gobierno y grupos empresariales.
Además, otros cambios que eran urgentes fueron retrasados por los propios partidos políticos desde la oposición, para luego proponerlos desde el gobierno, tan solo por el afán de ser los beneficiarios cuando se llegasen a aprobar.
También los partidos fueron omisos a atender reclamos legítimos de la ciudadanía en temas como corrupción, seguridad y desigualdad.
Todo ello fue aprovechado por Andrés Manuel López Obrador para ganar el poder, apoyado en un discurso antisistema.
A casi tres años de las elecciones de 2018, los partidos siguen sin entender qué sucedió, así como el entorno emocional que articula el presidente para legitimarse, día con día.
El sistema de partidos colapsó- Aunque las reformas electorales de 1977 a 1996 ayudaron a crear un sistema de partidos plural y los diversos cambios de gobierno en los tres niveles, no se pudo lograr que los institutos políticos fuesen competitivos o plenamente legitimados.
La prohibición a la reelección inmediata de legisladores y autoridades municipales no solo hizo imposibilitó un esquema eficaz de rendición de cuentas: consolidó a las élites partidistas como controladores verticales de las carreras políticas.
Además, las reformas electorales de 2006 y 2013, creadas para apaciguar a López Obrador, consolidaron a los partidos como un oligopolio cerrado, donde es difícil entrar, pero con reglas de competencia bajas.
El sistema de prebendas y privilegios hicieron, además, que el principal incentivo para formar un instituto político fuese acceder al financiamiento público, bastando mantener un umbral de representación bajo para mantener la beca.
No se aprobó un mecanismo que brindará en el mediano plazo mayor dinamismo a los institutos políticos, como la posibilidad de reelección inmediata, hasta que no se podía con la presión.
Como resultado, se enquistaron dirigencias partidistas de gabinete, cuya única virtud y fortaleza es el control vertical de recursos y candidaturas.
Si se añade un modelo de comunicación restrictivo, se tiene una élite política poco competitiva.
El modelo en sí mismo está sobrerregulado hasta el absurdo, las sanciones a partidos y candidatos no suelen ir más allá de pagar dinero que reciben del presupuesto.
Sobre todo, las prohibiciones a ciertos actos o actividades solo fomentan maneras ingeniosas de darle la vuelta a lo pactado.
López Obrador aprovechó esto para romper el sistema de partidos.
No solo usó tácticas populistas “de manual” como aglutinar las siglas de los institutos políticos tradicionales para mostrarlos como una mafia: sembró la desconfianza hacia las autoridades electorales desde 2006, como parte de su estrategia de asalto al poder.
Hoy, como presidente, recurre a esas mismas imágenes para desgastar y, en lo posible, acabar con ese contrapeso.





