Mientras en la invasión de Rusia a Ucrania, el ejército ruso ha perdido más de 19 mil soldados – según la información proporcionada por Kiev– en el ciberespacio también se libra una guerra que, si bien no deja muertos con la sangre expuesta a flor de piel, no es menos peligrosa, considerando el objetivo de vulnerar los puntos estratégicos.
En el siglo XXI, las guerras no sólo son bombas termobáricas y nucleares, en la era de los drones y de la información estratégica de los satélites, también el espionaje sigue siendo imprescindible como en antaño.
A diferencia de otras épocas en que las escuchas sucedían a través de la cooptación de personas y también de los famosos pájaros en el alambre, en la actualidad, el espionaje acontece con un simple clic.
Espionaje y hackers es algo que va muy de la mano en la actualidad y que, desde luego, forma parte de las llamadas guerras híbridas del siglo XXI; es sobre todo una potencial arma en la oscuridad de la red con capacidad de provocar un caos y desde luego: muertos.
¿Qué pasaría si el tráfico aéreo se quedase sin instrucciones de aterrizaje? En esta guerra todos son enemigos y por increíble que parezca no todos son gobiernos y agentes extranjeros los potenciales saboteadores, también hay mucho loco suelto.
En 2020, Florida detectó un hackeo en su planta de tratamiento de agua potable.
Aconteció en la ciudad de Oldsmar, en la que “alguien” accedió al sistema de una planta de tratamiento de agua y en menos de cinco minutos a través de la red, elevó hasta 100 veces el nivel de sosa cáustica.

Gracias a que un operador revisó los niveles fue posible detectar la alteración en los datos y así logró evitarse una catástrofe pública.
De alguna manera padecemos los costos de la Sociedad de la Información, de vivir en una era altamente digitalizada, en la que los hackers actúan al acecho de las personas, de las empresas, de los gobiernos y de los Estados.
La intención es provocar un enorme costo, no es sólo robar datos y dinero, también trata de atentar contra la vida humana.
Por eso las guerras del siglo XXI serán cada vez más sofisticadas, silenciosas y mortíferas.
A finales de abril, un total de 32 países participaron en un ejercicio de ciberdefensa, conocido como Locked Shields 2022, organizado por el Centro de Excelencia de Ciberdefensa de la OTAN en la ciudad de Tallin, Estonia.
Las armas no son sólo bombas, ni granadas de racimo, ni misiles balísticos intercontinentales o hipersónicos.
Las armas más poderosas son los ordenadores y es que, desde una computadora, se puede dominar al mundo. O al menos ponerlo de cabeza.
En este ejercicio, se llevaron a cabo sendas simulaciones –a lo largo de dos días– contra un país ficticio con la intención de provocarle un colapso en sus redes gubernamentales, militares, alterar sus comunicaciones; así como socavar su red eléctrica, los sistemas de purificación de agua y dejarlo inhabilitado también en su red de bancos.
¿Se imagina qué pasaría si, de repente, amaneciera sin agua, sin luz, sin teléfono, sin red de Internet, si no funcionaran los semáforos, ni el cajero automático y ninguna autoridad fuese capaz de responder por tal emergencia? Por supuesto es para ponerse nervioso.
Este tipo de guerra silenciosa es devastadora porque apuesta por alterar el orden público; por hacer que los ciudadanos se maten entre sí en medio del caos.

Porque su intención más abyecta es que el desorden público reine y en medio del desastre caiga el gobierno.
En esta simulación, los equipos participantes se dividieron en 24 grupos y debieron contrarrestar 8 mil incidentes provocados intencionalmente por 70 hackers participantes.
En el caso de España, que por cierto quedó última en este ejercicio, participaron los mejores profesionales formados en el ámbito cibernético de la Policía Nacional, la Guardia Civil, el Instituto Nacional de Ciberseguridad de España, el Centro Criptológico Nacional y empresas como Telefónica, Indra y Siemens.
El mejor equipo en contrarrestar las emergencias cibernéticas fue el de Finlandia; en segunda posición, tanto Polonia y Lituania empatadas; y en tercer sitio, Estonia.
En España, precisamente se ha desatado la polémica del espionaje con Pegasus, tras revelarse que varios políticos, periodistas, activistas y empresarios a nivel mundial habrían sido escuchados a través de este sofisticado software que la empresa israelí NSO Group vende en 500 mil dólares e instala en 10 aparatos por 650 mil dólares.
En el caso del país ibérico se trataría de políticos y activistas ligados con el independentismo catalán; pero también el gobierno del propio presidente, Pedro Sánchez, habría sido espiado, así como su ministra de Defensa, Margarita Robles y su ministro del Interior, Fernando Grande- Marlaska.
Mientras prevalece la exigencia de un deslinde de responsabilidades y se inquiere de manera insistente quién estaría detrás de este espionaje intencionado con Pegasus, el gobierno del socialista Sánchez, reconoce que se han espiado a 18 personas con previa autorización judicial.
La primera cabeza ya rodó con la salida de Paz Esteban al frente del Centro Nacional de Inteligencia.
No obstante, la gran interrogante persiste sin repuesta: ¿Quién espió al mandatario Sánchez y a los demás ministros? Se habla como hipótesis de gobiernos extranjeros desde Marruecos, Rusia, Corea del Norte, China o Irán, aunque no debe ignorarse que también Estados Unidos ejerce de espía de espías.
En su momento, la propia canciller de Alemania, Angela Merkel, denunció que estaba siendo espiada por la Inteligencia norteamericana, un reclamo que además realizó al entonces mandatario estadounidense, Barack Obama.

Ciberguerra como realidad
El 58% de los ataques cibernéticos contra Estados Unidos y la Unión Europea (UE) fueron atribuidos a Rusia en 2020, el año que dio inició a la pandemia.
En junio de 2021, en Ginebra, se reunieron el presidente norteamericano Joe Biden y el presidente ruso, Vladimir Putin.
En dicha cita, entre otros tópicos, Biden advirtió a Putin de que cesaran los ataques cibernéticos riesgosos y amenazantes contra la Unión Americana con la intencionalidad de provocar un desastre.
En el marco de la ciudad suiza, el dignatario estadounidense amagó a Putin con responder a los ciberataques con igual o mayor magnitud.
Rusia, así como China y Corea del Norte, han hecho toda una industria del ciberespionaje y de los hackeos.
En la actualidad, en la invasión rusa a Ucrania, el gobierno de Kiev ha denunciado sendos ciberataques a su Parlamento, al Ministerio de Relaciones Exteriores, al Servicio de Seguridad y otros Ministerios.
También a su red financiera y bancaria señalando al Kremlin de estar detrás.
Pero tampoco Rusia ha quedado indemne: el colectivo internacional Anonymous, formado por numerosos hackers de distintos países, también ha contestado los ciberataques rusos con una andanada de hackeos contra el Banco de Rusia, el órgano regulador de medios de comunicación y varias empresas de información en cuyos programas se habrían colado imágenes devastadoras de la guerra rusa provocada en Ucrania.
Esta es la nueva táctica de las guerras híbridas: hackear para provocar un colapso, ciberatacar para distraer la atención y ciberespiar para adelantarse a las intenciones de los enemigos, para ir un paso más adelante.
Hace poco, la Unión Europea (UE) reveló que una hora antes de la invasión rusa a Ucrania, cuando los satélites y los servicios de comunicación ucranios estaban en alerta máxima, la red satelital KA-SAT sufrió un bombardeo malicioso por varias horas.
Para las tropas rusas implicó una ventaja significativa para una rápida expansión por varias ciudades –durante las primeras horas– y con la clara intención de tomar Kiev en las primeras 36 horas.
La Unión Europea (UE) tiene tan claro el peligro real de los ataques cibernéticos, tanto focalizados, como a gran escala, que se ha comprometido a prevenirlos considerando que en 2024 cerca de 22 mil 300 millones de dispositivos en todo el mundo estarán conectados al llamado Internet de las Cosas. Entonces, todos seremos carne de cañón.






