Trump prometió como candidato parar la guerra en Ucrania en 24 horas. En realidad, se ha tardado siete meses en verse, cara a cara, con el dictador ruso al que recibió con honores, pompa y circunstancia en la base militar norteamericana de Elmendorf-Richardson en Anchorage.
En estos momentos, el presidente estadounidense ha pasado de ser un remedo de pacificador que suspira por el Nobel de la Paz, a ser el títere de Putin que pisotea todo los días sus aspiraciones: bombardea con mayor ferocidad a Ucrania.
Tampoco ha logrado nada con Israel y Hamás mientras el tablero geopolítico sigue incendiándose con nuevas provocaciones. Los europeos solo han atestiguado lo que vinieron advirtiendo desde el primer momento: “Putin va a jugar con Trump hasta que se canse”.
No queda ni chispa de esperanza en Europa de que el conflicto iniciado por la invasión de las tropas rusas, el 24 de febrero de 2022, terminará en una mesa de negociación y con un ejército de paz en Ucrania garantizando el cumplimiento del documento que hipotéticamente pudiese firmarse en esa mesa.
Los europeos ven con pesadumbre el cierre de año porque los combates en Ucrania continuarán y cada vez observan más de cerca, que la guerra les va a atrapar de alguna manera.
El lenguaje bélico en las capitales europeas ocupa más páginas en la prensa, es como si a la población se le vendiera en pequeñas dosis informativas lo que podría suceder en dos meses o en 8 meses o en dos años: una confrontación abierta contra Rusia.

Una Rusia que tiene un pacto militar con Corea del Norte que le da armas y le pone soldados norcoreanos en Ucrania para que mueran en nombre de Putin; una Rusia que compra drones baratos y eficaces a Irán y que tiene además de su lado a China convertido en otro suministrador de armamento.
Trump que no es un estratega político, ni un sagaz visionario en geopolítica o geoeconomía, solo ha contribuido a empoderar más a Putin y en darle más alas para que arrase a Ucrania y termine concluyendo la invasión como la planeó el ruso: con la muerte o huida del presidente Zelenski y su familia y con toda Ucrania en manos rusas para imponer a un afín al frente del gobierno de Kiev.
El ciudadano europeo se ha dado un golpe de frente, despertando de su burbuja de confort y de sus necesidades personales, tras observar la incapacidad de Estados Unidos para llevar paz a Ucrania. Putin es incontrolable, no va a dar un paso atrás en sus demandas, ni por Trump, ni por nadie.
Sin moverse de sus prerrogativas, queda a los europeos irse preparando para un conflicto bélico que solo un milagro puede evitar: en Alemania, el gobierno recién aprobó la vuelta al servicio militar de los chavales, de forma voluntaria, pero que sería obligatoria en caso de emergencia. En Italia, aumenta el gasto militar, mientras Polonia tiene movilizado a su ejército patrullando y cuidando día y noche el espacio aéreo y sus fronteras.
En España, el presidente Pedro Sánchez, presentó en septiembre un protocolo de cómo actuar en caso de catástrofes o de otras emergencias en las escuelas públicas.
Mientras los hospitales públicos franceses e ingleses anuncian que harán simulacros de cómo atender a 100 soldados heridos al día. Por donde se le vea, nada es un buen augurio para los europeos.





