En su primer mandato, Donald Trump ya intentó destruir a la OTAN amenazando con retirar a Estados Unidos de la Alianza Trasatlántica lo que, de suceder, sería un hecho histórico que derrumbaría el paraguas de seguridad y defensa bajo el que están resguardados 32 países más la Unión Americana.
En este segundo mandato, Trump también ha vuelto a presionar a la OTAN, a tal punto, que se ha confrontado con ella directamente tras amenazar con apropiarse de Groenlandia, que es un territorio de Dinamarca, país miembro de la OTAN; y, por ende, un aliado de Estados Unidos.
Que pueda suceder, que Washington se apropie por la fuerza de Groenlandia, ha puesto los pelos de punta a más de uno aquí en Europa, sabedores de que el inquilino de la Casa Blanca es capaz de eso y más.
Además, de esta amenaza, están aconteciendo cambios silenciosos dentro de la OTAN. Digo silenciosos, porque están pasando desapercibidos para los medios de comunicación, pero no por ello son menos preocupantes.
Desde mediados de enero pasado, el Pentágono envió un comunicado al comando central de la Alianza Trasatlántica en Bruselas, para notificarle que eliminará 200 cargos norteamericanos dentro de la estructura de la Alianza Trasatlántica. Son militares expertos cuyas funciones son de supervisión y planificación de las operaciones de inteligencia dentro del grupo aliado.
Un mes después, en un segunda decisión del Pentágono, en otra misiva a los países aliados se informó que la Unión Americana ya no se encargará de los puestos de vigilancia del Conjunto de la Fuerza en Norfolk; ni, del Conjunto de la Fuerza en Nápoles, y reiteró que pasarán: el primero, a manos de Reino Unido; y, el segundo, de Italia.
Estos movimientos han intranquilizado a los comandos aliados porque son completamente inusuales… no habían sucedido desde que se formó la Alianza el 4 de abril de 1949.
¿Qué hay dentro de toda esta estrategia? Por un lado, es muy cuestionable (y hasta indignante) la falta de propuestas vitales por parte del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que es observada como una auténtica ausencia de liderazgo y un deleznable sometimiento a Washington.
En lo personal me parece sospechoso el cambio de rumbo en la Casa Blanca, a raíz del encuentro de Trump con el dictador ruso, Vladimir Putin, en Anchorage el 15 de agosto del año pasado. Tal parece que dialogaron repartirse el mundo en una especie de “tú te quedas con Venezuela, Cuba, Nicaragua y Groenlandia” y “yo con Ucrania, los Bálticos, Moldavia y los países de Europa del Este que pueda recuperar”.
Me atrevo a decir que hay un plan deliberado para debilitar a la Alianza. En estos momentos, los aliados viven sumidos en la duda, ¿Trump respetará el Artículo 5 de la Alianza que convoca la defensa colectiva, si Rusia ataca a Europa? Ya solo la duda, es inquietante…





