Psicología y proceso legislativo

Legisladores de la Comisión Permanente

Cuentan que, en las antiguas sociedades celtas, las personas más temidas no eran los guerreros, sino los bardos. La razón: dominaban el manejo del arma más mortal concebida por la raza humana: la sátira. En obras folclóricas, como Cúchulainn, se lee cómo durante los sitios se enviaba al bardo a cantar coplas sobre el rey, la reina y la nobleza bajo asedio, hasta que salían por las puertas a dar batalla, con el rostro desfigurado por la rabia. 

Lo anterior viene a cuento porque se suele menospreciar el espectáculo que dan en tribuna algunas personas legisladoras. El ejemplo más reciente ocurrió el martes 18 de julio durante la sesión de la Comisión Permanente, cuando el senador morenista Gabriel García Hernández incendió las redes sociales cuando, durante la sesión de la Comisión Permanente, se puso a “ponchar” globos que representaban a personalidades asociadas con la “mafia del poder”. Más allá de las reacciones, que concuerdan con las filias y fobias de quienes reaccionan, es hora de apreciar el espectáculo legislativo por lo que es.

Todo órgano legislativo es la caja de resonancia de cuanto ocurre en el territorio de un país o una región, procesándose cada asunto en iniciativas de reforma al marco legal, pronunciamientos u otro tipo de actos que, no por ser menos tangibles, son menos relevantes para legitimar a la institución y, con ello, a la democracia. 

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Bajo esta función de caja de resonancia, es posible que los ánimos se enciendan y que puedan llevar a agresiones verbales e incluso físicas. Para impedir esto, se ha concebido al proceso legislativo como lento y tortuoso, de tal manera que se propicie un ambiente de colaboración al desactivar las pasiones. De esa forma, todas las voces son escuchadas, permitiendo legitimar las decisiones.

Por otra parte, es necesario reconocer quje imposible deslindar a la política del espectáculo, e incluso se puede afirmar que ambos son complementarios. Es más: poca gente pondría atención a la vida pública si todo se redujese a discusiones técnicas y civilizadas, lo cual le daría a nuestra clase política mayores márgenes de discrecionalidad.

Sin tapujos: los gritos, máscaras de puerquito, botargas de dinosaurio, globos ponchados, desnudos, encadenamientos a tribuna y demás performances son como la lucha libre: actos aceptados entre los actores, los cuales nos dicen que debemos poner atención a lo que sucede en el Congreso.

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Sin embargo, la lucha libre debe servirnos para entender que, por más circo que haya en tribuna, las negociaciones tienen lugar en otras partes, como las comisiones. Tan grave es indignarnos con el espectáculo, como confundir la anécdota con la sustancia en lugar de entender cómo funciona el Congreso.

Aunque quienes nos representan se den hasta con la cubeta en tribuna, saben que esto es un show: si se llevasen así en la vida privada, estaríamos al borde de una guerra civil. Por otra parte, los debates en el pleno son una válvula de escape: ayudan a cansar los ánimos, permiten que todas las voces se escuchen y, de esa forma, legitiman las decisiones que se toman. Todavía más, el Congreso compite con los medios por atención, y muchas de estas payasadas tienen el objetivo de traducirse en un video que sea viralizado en redes sociales o, en el mejor de los casos, aparezca en los noticieros de horario “Triple A”.

Ahora bien, volviendo a las sociedades celtas, es posible que haya personas legisladoras que pierdan los estribos ante compañeros cuyo rol es justamente hacer espectáculo, o actuar como “fajadores”, especialmente al calor de las discusiones. Pero tengamos en cuenta que esto es también parte del juego.

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