No cabe la menor duda que una nación guarda su respeto, equilibrio y seguridad gracias a la preparación, capacitación, adiestramiento y operación de sus Fuerzas Armadas.
Se equivoca quien con intención o desconocimiento revela públicamente que los uniformados son grupos de represión social.
Eso es maniqueo, es falso y muy temerario. Un Ejército como el mexicano cumple tres condiciones únicas que lo destacan.
Sus filas están integradas por el mismo pueblo, no por élites ni células privilegiadas.
Es un Ejército de Paz empeñado en favorecer las labores de custodia y salvaguarda de los valores nacionales.
Representa hoy por hoy el más alto referente del cumplimiento moral, cívico y profesional en tareas de salvamento en tragedias colectivas.
En los últimos meses se ha querido sumar una cuarta y muy polémica etapa, la de cumplir con labores propias de los cuerpos de policías en la vía pública y enfrentar un combate frontal a grupúsculos criminales.
Estas últimas son tareas muy complejas que se les han ordenado a partir de una ineficiencia en las políticas públicas por contener los homicidios y secuestros, pero también por fracasar en las estrategias de una mejora social y económica de la población.
Pero nadie más que un soldado mexicano para mostrar que los actos más heroicos en el registro histórico, son bajo la estampa de nuestras Fuerzas Armadas.






