El golpe brutal en la economía por tres meses de paralización de casi la totalidad de la actividad productiva tardará quizá años en recuperarse.
Pasada la emergencia, no será sólo decisión de volver a prender las máquinas de las fábricas, sino conocer primero el efecto devastador en la planta productiva y el empleo y definir rutas nuevas para crecer.
Los sectores altamente industrializados resolverán muy rápido los problemas de reanudación de actividades; sin embargo, el 80% de la planta productiva que opera micro, pequeñas y medianas empresas habrá sufrido quiebras y salidas del mercado.
Y sustituirlas no será nada fácil.
La realización de un estudio a fondo sobre la situación de la planta productiva permitirá tener un diagnóstico real de la capacidad productiva de México.
El impacto negativo del virus por el cierre de millones de empresas será mayor al padecido con la apertura comercial de los ochenta que sacó del mercado productivo a millones de negocios que no pudieron competir con los productos importados.
Lo malo, sin embargo, será que muchas empresas que tardaron años en convertirse en células productivas solidas habrán de salirse de nuevo de la competencia por el cierre de actividades por tres meses.

La planta productiva mexicana estaba en una situación de declinación por falta de inversión productiva, de apoyo público y de identificación de áreas de mercado.
Es decir, México se encontraba en una zona de desindustrialización.
La participación de productos industriales mexicanos en los productos de exportación vía el Tratado de Comercio Libre bajó de 58% en 1993 a 38% en 2019; es decir, que cada vez menos empresas mexicanas participan en los artículos de exportación, dejando a México, de nueva cuenta, como un país maquilador.
El efecto de la pandemia en la planta productiva, por lo tanto, no debe medirse sólo en relación con las empresas dañadas, sino con datos adicionales sobre la fragilidad del modelo productivo exportador.
La crisis fiscal del Estado ha ido reduciendo, en los últimos veinte años, las posibilidades de apoyo al sector productivo.
Todos los gobiernos se han confiado en el estímulo que representa el sector exportador, pero las empresas no pueden dinamizarse por sí mismas.
El otro efecto negativo del coronavirus en el sector industrial se va a ver con amplitud cuando se conozca.
En 2021, el dato final del PIB: todos los pronósticos oscilan entre -8% a -12%.
La cifra es pésima, pero debe verse como normal por la situación de emergencia.
La crisis financiera posdevaluatoria de 1995 hundió al PIB en -6%, pero una estrategia rápida de reactivación hizo rebotar la cifra a 5.1% en 1996 y 6.8% en 1997.
Hoy, de acuerdo con estimaciones oficiales, el rebote será menor e inclusive pudiera ser negativo en 2021 y 2022.
Si todas las crisis son oportunidades, México podría entrarle de lleno a la reactivación con tres nuevas estrategias: un nuevo modelo de desarrollo, una nueva política económica basada en la reforma fiscal y un nuevo Estado de bienestar.
Ha quedado probado que el viejo modelo de desarrollo ya no funciona porque el Tratado de Comercio Libre nunca condujo a la reconversión industrial y buena parte de la planta productiva sigue siendo obsoleta, cara y con escasa competitividad.
Si no se da esa reforma al desarrollo, entonces la reactivación será lenta, sesgada e ineficiente porque tratará de reconstruir las anteriores plantas productivas que carecieron de capacidad de competencia con el mercado internacional.
Y el problema se complica cuando se requiere, también, de un nuevo modelo de organización laboral para la productividad, no para el control sindical que no le sirve más que a los líderes porque en el pasado era parte del sistema político priista.
La pandemia, como toda crisis, es una buena oportunidad estratégica para cambios en la estructura productiva del país, de tal manera que se puedan romper con los estrechos límites productivos del actual modelo de desarrollo.
La modernización y el Tratado en el periodo 1983-2018 no pudieron romper el límite de 2% promedio anual del PIB, aunque con muchas mayores exportaciones, pero con mayores niveles de pobreza.
El PIB de 6% promedio anual en el largo periodo 1934-1982 fue posible por una estructura productiva creciente y mecanismos más eficientes de distribución de la riqueza.
La única manera que tiene el país para romper con el límite de 2% de PIB y lograr unb4% consistente y permanente estaría en la reforma productiva, en las nuevas relaciones laborales y sobre todo en la construcción de un mercado interno que disminuya los altos niveles de marginación y pobreza.
Para ello se requiere que el Estado redefina el modelo de desarrollo y tenga fondos para una estrategia audaz de financiamiento del desarrollo industrial, tecnológico y de servicios.
Las crisis, en efecto, son oportunidades, pero éstas se presentan y corresponde a la sociedad productiva asumirlas con propuestas audaces que saquen a México del rango de país subdesarrollado y lo coloque en el nivel de desarrollo creciente y dinámico.






