La reunión de la alianza económica Asia-Pacífico en San Francisco, California, en noviembre pasado puede resumir sus derivaciones geopolíticas en el encuentro público del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador con el presidente de China Xi Jinping, en un espacio estratégico determinado por la presencia en esa misma cumbre del presidente e Estados Unidos de América, Joseph Biden.
Las reuniones económicas y diplomáticas importan más por lo que dejan ver que por lo que deciden. La Cumbre en San Francisco permitió la presencia formal de la República popular China –y toda la cauda ideológica que ello representa– en América Latina, justo en momentos en que el liderazgo estadounidense anda en declive y carece de influencia en el replanteamiento de prioridades de seguridad nacional geopolítica.
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En este contexto, el presidente Biden en realidad no cometió ningún desliz acreditado a sus problemas de concentración mental e intelectual, sino que mandó un dardo incómodo pero inofensivo sobre la caracterización del régimen político de China: una dictadura. Los países asistentes a la Cumbre al parecer no le dieron importancia a ese dardo, pero los estrategas estadounidenses sí quedaron preocupados por la correlación progresista-populista en tono antiestadounidense de los principales países de la región, comenzando por el desdén del presidente mexicano López Obrador hacia Biden y sus planteamientos y el apoyo a gobiernos dictatoriales, autoritarios y democráticos de corte populista que están dominando las principales plazas de la región.
Tres bloques políticos están muy interesados en América latina y el Caribe: la Rusia antiestadounidense y cada vez menos comunista, la China capitalista y los países musulmanes árabes. Cuatro países que tienen influencia regional han mostrado tendencias antiestadounidenses, a pesar de que algunos pudieran tener dependencias económicas y comerciales: México, Cuba, Brasil y Argentina, en tanto que pequeñas repúblicas también son antiestadounidenses, pero sin mostrar tendencias dominantes en la región.
La economía Asia-Pacífico mostró la dominación geopolítica de China y preocupó a Estados Unidos, pero sin que la comunidad política de Washington esté entendiendo la nueva lógica de las relaciones de poder. Al parecer, Estados Unidos está convencido de que no habrá otra Cuba en América Latina y que dictaduras comunistas como la de Nicaragua no tienen ninguna influencia en los equilibrios geopolíticos de la región.
Pero el dato mayor está a la vista: China ya puso un pie en los países al sur del Río Bravo y Estados Unidos no pudo evitarlo.
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