El estancamiento de la guerra en Ucrania y los efectos geopolíticos inesperados para Rusia y Estados Unidos forman parte de un escenario internacional que le exige a los países no beligerantes a definir políticas exteriores articuladas a políticas de defensa nacional, sobre todo cuando los países participantes están exigiendo pronunciamientos de lealtad que rompen el precario equilibrio mundial.
La guerra en Ucrania está redefiniendo sus propias características: no se trata de una lucha de sistemas ideológicos-económicos porque Rusia ya no representa una propuesta de socialismo marxista de la clase obrera y Estados Unidos desde hace tiempo dejó de ser un faro de la democracia para convertirse en un imperio dominado por los intereses del 1% de la élite más rica.
En este sentido, no estamos frente a una nueva guerra fría, sino a la reconstrucción de un nuevo orden mundial que Estados Unidos dejó escapar después de la crisis soviética 1989-1992 y luego de la desviación coyuntural hacia el combate al terrorismo al que obligó el ataque del 9/11 de 2001 en Nueva York y Washington.

De igual manera, la guerra de Ucrania está demostrando que los imperialismos que han dominado la disputa del mundo desde 1947 son, para decirlo en palabras de Mao, “tigres de papel”.
El presunto ejército más poderoso del mundo fue humillado por pueblos localistas en Vietnam y Afganistán y su contraparte ruso también fue aplastado en Afganistán y ahora no puede conquistar Ucrania.
Por razones de compromisos en la OTAN, Europa está siendo arrastrada a un involucramiento bélico que no desea, para el que carece de fuerzas militares y sin capacidad para sustituir los recursos energéticos de Rusia.
La crisis de la guerra de Ucrania está llevando al replanteamiento, en clave contemporánea, de aquel movimiento político de los Países No Alineados, que en su momento estuvo configurado por países socialistas fuera de la órbita de dominación de Moscú y con capacidad para dialogar con Washington.
Hoy, los países que no quieren participar en la guerra de Ucrania ni quieren meterse en conflictos aplicando sanciones a Rusia carecen de espacios autónomos de definición.
Estados Unidos y Rusia tienen muy clara la relación simbiótica entre políticas exteriores y políticas de defensa nacional como objetivos de dominación geopolítica de bloques de poder.
El fracaso de Washington en el 2003 para construir una alianza militar internacional contra Irak ha dejado solo a Estados Unidos en su política militarista.

Y Rusia tampoco tiene la alianza de otros países que no desean la guerra y menos de China.
La presión estadounidense para que el Ejército mexicano se sume a la OTAN y forme parte de un bloque militar bélico debe ser rechazada con el replanteamiento de la política exterior de México no militarista y sí de paz.
Sin embargo, la Casa Blanca con republicanos y demócratas quiere subordinar la política de defensa nacional mexicana hay intereses imperiales de dominación geopolítica.
La autoridad moral de México a nivel internacional se ha sustentado por los principios de paz y no intervención en conflictos de otros países y las Fuerzas Armadas mexicanas no han participado en bloques de seguridad militar Iberoamericana porque la historia de la autonomía mexicana se ha logrado combatiendo a invasores extranjeros.
La interrelación entre las políticas de defensa y exterior configura la doctrina mexicana de seguridad nacional.





