Los nuevos órdenes internacionales no se fundan por voluntarismo de alguna nación poderosa, ni siquiera es un producto automático de guerras regionales o mundiales. Las fijaciones de los poderosos para marcar rumbos internacionales vienen después de conflictos y sobre todo a base de acuerdos plurales.
Después del orden ideológico de la segunda Guerra Mundial y su expresión en una guerra fría que enfrentó países que representaban enfoques comunistas y capitalistas, las necesidades de la crisis del régimen internacional y económico condujeron a la globalización de los mercados como una salida que estuvo basada solo en la necesidad de darle salida a excedentes de inventarios productivos, pero ese ciclo de internacionalización fracasó por la falta de arreglos en guerras que se venían arrastrando modo regional.
El presidente Donald Trump quiere fundar un nuevo orden internacional en base a tres pivotes: la seguridad derivada de la falta de control de los cárteles del narcotráfico a nivel internacional, el agotamiento de la fase globalizadora y la restauración de zonas productivas nacionales que le habían dado hegemonía económica y la geopolítica del narcotráfico de Washington.
Sin embargo, las posibilidades del presidente Trump para restaurar un nuevo orden internacional que beneficie a los intereses hegemónicos de Estados Unidos depende de otros actores en la pluralidad internacional: aún de capa caída y sumida por decisión propia en una guerra de desgaste con Ucrania, la Rusia de Putin ha disminuido su influencia internacional. Y sin declarar ninguna guerra regional ni amenazar con el uso de la fuerza, la China de Xi Jinping aprovechó los desgastes bélicos de Rusia y EU para fortalecer su régimen interno –comunismo capitalista, y valga el oxímoron– para convertirse en un factor estabilizador del planeta.
La terminación del Tratado de Comercio Libre de Norteamérica, las guerras regionales de corto plazo y la obsesión por destruir la estructura criminal de los cárteles del narcotráfico no están, ni con mucho, acercando a Trump a un nuevo orden internacional.
El corto tiempo político que le falta a Trump en la presidencia no tendrá posibilidad de construcción de un nuevo orden, y ello debe ya provocar que los grandes estrategas de la geopolítica comiencen a ver cómo se puede reconstruir el orden internacional actual más desarticulado y sin expectativas.





