Cada nuevo ciclo presidencial en EE.UU., viene de la mano de la (re)definición de la estrategia de seguridad nacional del presidente en turno, desde la fundación del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca en 1945, el año clave de la segunda posguerra.
Hoy no es diferente, aunque en los últimos ciclos presidenciales estadunidenses ha ido perfilándose sin ocultamientos el eje objetivo de la seguridad nacional de la Casa Blanca: no la democracia lincolniana ni el faro de bienestar, sino la defensa del american way of life o modo de vida estadunidense o, en pocas palabras, el confort de la élite no mayor del 25% de estadunidenses.
El confort estadunidense, que suele atraer a millones de extranjeros, no es otro que el modo de vida: riqueza, bienestar, acceso a bienes y servicios, tranquilidad vigilada por los severos e implacables cuerpos internos de seguridad y acumulación de riqueza.
Ese confort se ha logrado por la vía de la exacción de recursos y riquezas de otras naciones, lo que vincula el bienestar interno con la explotación y dominación de otros países.
La llegada al poder del demócrata Joseph Biden en nada cambia los supuestos: el modelo de garantía de la existencia de ese modo de vida estadunidense se llama Estado de seguridad nacional porque la seguridad nacional para ese bienestar es vital para el consenso interno.
Y ocurre con los conservadores republicanos y con los progresistas demócratas.
En la seguridad nacional para garantizar el bienestar interno no varía el consenso interno bipartidista.
Este modelo de Estado estadunidense de seguridad nacional representa un desafío para países como México por su sociedad comercial, su frontera de más tres mil kilómetros, la alianza productiva del Tratado que ha desparecido la frontera física y los intereses geopolíticos e ideológicos de la Casa Blanca y que ha exigido la subordinación de los aliados estadunidenses a los enfoques de seguridad militar de Washington.
El problema radica en el hecho de que México tiene cuando menos tres criterios propios intereses nacionales, poder nacional y geopolítica.
Y estos puntos no siempre coinciden con los de la Casa Blanca, sobre todo por los enfoques de dominación ideológica en la región y la tradición mexicana de respeto a la pluralidad de las ideas, como ocurrió con la crisis de Cuba en 1962 y la rebeldía mexicana en la OEA para no obedecer la consigna estadunidense de romper relaciones diplomáticas con Cuba comunista.
Los enfoques de México y EE.UU., están comenzando a tomar caminos diferentes.
Un punto será conflictivo: Washington quiere tener todo el control de la estrategia de seguridad regional en el tema de los cárteles del crimen organizado y asumir el poder supranacional de operar unidades militares de seguridad dentro de México.
Ahí tendrá que hacer México un esfuerzo para imponer sus intereses nacionales en la estrategia dentro de México.
La estrategia de México deberá basarse en definir su propia seguridad nacional y defenderla ante Washington, con la certeza de que al final de cuentas los dos países saldrán ganando.
Después de Reagan (1981-1989), La Casa Blanca ha sido más tolerante en tratar de entender a México, aunque los halcones dentro de su ala de política exterior suelen distorsionar entendimientos.





