Cuando el candidato Donald Trump en 2016 fijó el lema de campaña “Hagamos Grande a América Otra Vez”, algunos vieron la continuidad de intereses extranjeros. Sin embargo, la gestión de estos cuatro años mostró a un presidente desinteresado en el exterior y menos preocupado por el enfoque imperial- militar y más enfocado a fortalecer a los EE. UU. desde dentro.
La relación interior-exterior en la política exterior de los EE. UU. nunca ha sido un enigma. Al final de cuentas, lo más importante es la definición de los intereses nacionales. Y ahí no hay dudas sobre el enfoque imperial: la fortaleza estadunidense depende de tres condiciones: cohesión interna en torno a la diplomacia agresiva, aceptación social del imperialismo militar invasivo de otras naciones y control de los centros de poder del mundo a través del dólar, las tropas y la circunstancia de policía mundial.
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Los matices, sin embargo, beneficiaron a México. Los cuatro años de Trump se vio a una Casa Blancaagresivaentemasconcretos que tenían que ver con el fortalecimiento de la economía interna vía el Tratado, la disminución de presiones migratorios con el cierre de fronteras y mayor exigencia a México en materia de lucha contra el narco. Pero cumplidas las exigencias, en realidad, Trump no fue tan opresivo como lo fueron todos los presidentes de Nixon (1969) a Obama (2016).
Ahora viene Joe Biden con una estrategia de seguridad nacional de continuidad Bush-Obama, con tonos intervencionistas kissingerianos de Nixon y de uso de la CIA como Reagan. Si Trump centró su diplomacia hacia México en temas concretos de interés a la grandeza estadunidense, Biden asumirá a México como un peón del juego geopolítico mundial: el desinterés en general, aunque el sometimiento en lo particular. Lo que va a quedar claro es que México no es prioridad para los EE. UU. en los dos modelos de seguridad nacional, pero que el demócrata- republicano suele ser más intervencionista para el sometimiento, que el de Trump de presiones para temas concretos.
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Si a los EE. UU. y su diplomacia de las cañoneras y del big stick (gran garrote) le funcionó el comunismo en el periodo 1944- 1989, Bush Jr. potenció el efecto interno de los ataques terroristas del 9/11 de 2001 para fijar la amenaza terrorista como el sucedáneo del comunismo; el aflojamiento de Trump en el intervencionismo en el medio oriente y los acercamientos a Rusia, China y Corea del Norte desinflaron el papel del terrorismo como demonio catalizador de los consensos internos.
Trump ha utilizado el crimen organizado transnacional como el factor de consenso interno, a partir del daño social y de salud a los 60 millones de consumidores detectados y al mercado al menudeo de venta de droga en más de tres mil ciudades estadunidenses, Y como la droga viene de fuera, entonces fue Obama quien creó el modelo de crimen trasnacional para construir el modelo intervencionista en otros países. En este 2020 Trump ordenó a sus agencias operar en México para capturar y llevar ante la justicia estadunidense a Nemesio Oseguera Cervantes El Mencho (jefe del Cártel Jalisco) y a Ovidio Guzmán (uno de los jefes del Cártel de Sinaloa y de los sucesores de su padre Joaquín El Chapo Guzmán Loera).
Vienen cuando menos cuatro años de diplomacia del narco contra México, a pesar de que la oferta de droga está determinada por la demanda de los consumidores estadunidenses. Pero se trata sólo de mecanismos de control geopolítico sobre naciones que no han logrado vencer al crimen organizado y que sus cárteles operan en los EE. UU.





