Por razones de política exterior pacifista, México vio pasar de largo la primera guerra fría ideológica Estados Unidos-Unión Soviética en el corto periodo de 1961 a 1991.
Sin embargo, la dominación estadounidense hizo pagar a México una cuota política nada agradable: ser el espacio de seguridad nacional de la estrategia militar de la Casa Blanca.
Con una potente política exterior de carácter nacionalista y con una estrategia de seguridad nacional no subordinada a los intereses estadounidenses, México pudo fijar desde el principio un marco concreto de autonomía relativa respecto de la guerra fría.
En 1961, la Unión Soviética y la República Democrática de Alemania construyeron el Muro de Berlín para delimitar el campo de batalla ideológico y en 1962 México se negó a cumplir la instrucción estadounidense de votar contra la expulsión de la república socialista de Cuba de la comunidad regional de la Organización de Estados Americanos.
Sin salirse de los márgenes del conflicto ideológico mundial, México decidió ejercer una política exterior de colaboración con Washington, pero manteniendo sus propios intereses geopolíticos indispensables con un enfoque de no alineamiento a las dos potencias en pugna.
Inclusive, en 1971 el gobierno del presidente Echeverría estableció el principio de política exterior de la descolonización política y apoyó la incorporación de China comunista a la ONU.
Los vientos de una segunda guerra fría que soplan en Ucrania están llevando al presidente Joseph Biden a exigir un nuevo alineamiento ideológico a los intereses geopolíticos y de seguridad nacional de Estados Unidos, pero con la existencia de un nuevo marco ideológico y de relaciones internacionales que hoy es diferente al de hace sesenta años.
La política exterior de México ya en consonancia con la política de defensa nacional ha alejado a México de bloques militares internacionales definidos por modelos productivos, inclusive desvinculando las relaciones con Estados Unidos en materia geopolítica y militar de los compromisos económicos contenidos en el Tratado de Comercio Libre.
El panorama geopolítico regional en América Latina también es adverso a los resabios imperiales de la diplomacia de las cañoneras de la Casa Blanca, en tanto que los países de la región han ido buscando modelos de desarrollo distantes de los extremos socialista y capitalista y tienen muy clara su política de contribución a la paz mundial.
La Casa Blanca capitalizó el costo político e ideológico de la primera guerra fría con una división ideológica del mundo, pero sin que los países latinoamericanos hubiesen obtenido algún beneficio que ampliara sus expectativas de desarrollo y bienestar.
La Alianza para el Progreso del presidente Kennedy no tuvo ni la intención ni los presupuestos de los destinados por Washington a la reconstrucción de Europa.
Los gobiernos de Estados Unidos impusieron una dictadura geopolítica en América Latina promoviendo golpes de Estado o contrarrevoluciones internas en los países que quisieran salirse del corralito capitalista.
Desde 1991 la Casa Blanca ha andado en busca de un conflicto lo suficientemente sólido que le permita sustituir la competencia de sistema ideológico-económico con Rusia y China, pero se ha encontrado cada vez más con gobierno regionales erigidos con prácticas políticas e ideológicas de corte progresista.
Sin una nueva guerra fría con Rusia o China, la hegemonía estadounidense en América Latina está condenada al fracaso.






