Tecnologías emergentes en vigilancia epidemiológica y su impacto en la seguridad nacional

Tecnologías emergentes en vigilancia epidemiológica y su impacto en la seguridad nacional

Introducción

El concepto de tecno-feudalismo se refiere a una estructura de poder y control en la era digital, donde grandes corporaciones tecnológicas ejercen un dominio significativo sobre la economía y la sociedad, similar al feudalismo medieval. Este fenómeno se ve exacerbado por el desarrollo y la implementación de tecnologías exponenciales, que son innovaciones que avanzan a un ritmo acelerado y tienen efectos disruptivos en la economía y el estilo de vida (Marino et al., 2021; Swarnalatha et al., 2025). Estas tecnologías, como la inteligencia artificial, la robótica y la biología sintética, crecen a un ritmo que duplica su capacidad cada 18 meses, siguiendo la ley de Moore (Marino et al., 2021).

Un ejemplo hipotético ilustra esta dependencia: si las aplicaciones de transporte y mapeo dejaran de funcionar en una gran ciudad, el caos sería inmediato. Servicios como Uber, Didi, Google Maps o Waze son fundamentales para la movilidad urbana. La interrupción de estas herramientas colapsaría el transporte, la logística y la vida diaria en minutos, evidenciando la profunda dependencia de la sociedad moderna hacia las tecnologías exponenciales (Marino et al., 2021).

Esta escena ocurrió parcialmente el lunes 28 de abril con un apagón masivo que paralizó varios países de Europa, afectando a España, Portugal, Francia, Alemania, Italia, Finlandia, Bélgica, Países Bajos, el Reino Unido y Andorra. España fue el más afectado, perdiendo súbitamente más del 60% de su capacidad eléctrica. El caos fue evidente en los sistemas de transporte, comunicaciones y comercio. Las reacciones ciudadanas reflejaron desconcierto y dependencia: “No entiendo nada”, “no sé qué hacer ni a quién recurrir”. Este evento evidenció la fragilidad del sistema basado en tecnologías centralizadas, eje del tecnofeudalismo emergente.

Costos Ocultos de la Interconexión

Las tecnologías exponenciales tienen un alcance global y podrían beneficiar a mil millones de personas en una década mediante digitalización, democratización y desmaterialización (Marino et al., 2021). No obstante, también han transformado radicalmente los modelos económicos, consolidando una economía digital estratégica para la supremacía global (Marino et al., 2021; Tyurina, 2017; Villegas & García, 2022).

Esta interconectividad tiene un alto costo. Las personas deben invertir continuamente en dispositivos actualizados y seguros. A nivel organizacional, la necesidad se amplía desde el hogar hasta el Estado. La desigual distribución del conocimiento digital permite que ciertos actores dominen redes humanas y digitales a bajo costo, lo cual plantea serios retos de seguridad y privacidad (Salvo, 2021).

Con más de 8 mil millones de habitantes, las demandas de recursos como agua, alimentos, seguridad y tecnología aumentan constantemente. Esta presión tecnológica requiere inversiones masivas en hardware y software, las cuales se reflejan de manera desigual en los presupuestos nacionales, favoreciendo a las grandes tecnológicas en detrimento de la infraestructura pública.

El economista Yanis Varoufakis denomina “tecnofeudalismo” al nuevo sistema socioeconómico en el que las corporaciones tecnológicas actúan como señores feudales. Controlan los datos y plataformas, y los usuarios se convierten en siervos digitales. Este modelo impone elevados costos económicos, sociales y políticos.

Este fenómeno surge de la privatización de la infraestructura digital, la falta de regulación del mercado tecnológico y la escasa inversión pública en alternativas. Para mitigar su avance, se proponen medidas como regulaciones antimonopolio, protección de datos, fomento del software libre, alfabetización digital crítica y creación de infraestructura digital pública y descentralizada.

Tecnologías emergentes en vigilancia epidemiológica y su impacto en la seguridad nacional

La creciente dependencia tecnológica confiere a las grandes empresas un poder considerable, con profundas implicaciones para el desarrollo y la seguridad nacional. La digitalización genera vulnerabilidades a ciberataques, debido a una infraestructura centralizada. Los gobiernos deben invertir enormes recursos para mantener sistemas actualizados y seguros, en una carrera constante contra la obsolescencia. Los métodos tradicionales de protección son insuficientes ante las nuevas amenazas que surgen de la estructura asimétrica de las redes digitales (Salvo, 2021).

Este panorama también amplía la brecha entre países. Las economías líderes concentran herramientas y conocimientos de vanguardia, mientras países como México enfrentan una creciente dependencia tecnológica. Esta situación limita la soberanía digital y afecta múltiples dimensiones del poder nacional. Además, la digitalización desvía recursos de sectores prioritarios como el industrial, lo que exige una integración estratégica en la regulación económica (Vishnevsky, 2019).

Aunque la carrera por el liderazgo digital comenzó hace décadas, países como México aún pueden adaptarse, aunque seguirán dependiendo de tecnologías externas en el corto y mediano plazo.

La idea de una invulnerabilidad digital es un mito. El avance tecnológico supera constantemente la capacidad de adaptación de los sistemas de seguridad, en una carrera armamentista digital incesante. La convergencia entre lo humano digital y la inteligencia artificial agrava los desafíos, pues el control de algoritmos y datos otorga poder sin precedentes a las corporaciones, amenazando la autonomía individual y la democracia.

Los costos de esta vida digital son enormes. Mientras los bienes esenciales como alimentos y vivienda suben lentamente, los costos de las TICs (hardware, software, conectividad) crecen exponencialmente, profundizando la exclusión digital. El tecnofeudalismo prospera en la posmodernidad, caracterizada por la fragmentación de la autoridad, el relativismo cultural y la desconfianza en las grandes narrativas. Estos rasgos dificultan la regulación estatal, erosionan el consenso ético y consolidan el poder de las corporaciones tecnológicas. Esto genera desigualdad, vigilancia, manipulación, y ansiedad por la dependencia tecnológica.

La ciberseguridad se ha convertido en una herramienta geopolítica, incrementando tensiones y promoviendo innovación constante que alimenta la obsolescencia tecnológica. Pero el costo más oculto es el energético y ecológico. La infraestructura digital requiere grandes cantidades de electricidad, especialmente para alimentar centros de datos y algoritmos de IA. Este consumo contribuye significativamente al cambio climático.

La aparición de actores no estatales agrava el problema, obligando a los gobiernos a ampliar su monitoreo, lo cual incrementa la huella ecológica. En definitiva, la cuestión crucial es si estamos listos para reconocer y gestionar estos costos en su totalidad, o si seguiremos ignorando esta “factura oculta” por mantener una conectividad continua.

El entrelazamiento del tecnofeudalismo y la posmodernidad plantea desafíos sin precedentes. Ante la ausencia de marcos éticos y regulatorios sólidos, las grandes tecnológicas podrían adquirir aún más poder. Por ello, se necesita una ética digital basada en la privacidad, la equidad, regulaciones antimonopolio, alfabetización crítica y modelos de gobernanza orientados al bienestar humano. Comprender esta interacción es clave para construir un futuro digital justo y sostenible.

La gran pregunta es: ¿estamos preparados para asumir estos costos integrales o preferimos seguir ignorando la factura invisible que crece día a día?

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