Trump y la tercera raza

Trump y la tercera raza

Cuando emergió como candidato viable a la presidencia de la nación en 2015, el empresario Donald Trump venía cargando una biografía pública marcada por irregularidades y por vicios de raza.

Con esos detalles negativos a su favor, Trump construyó su candidatura con un discurso racista regresivo.

Pero fue significativo que hubiera podido despuntar como candidato viable cuando terminaban los ocho años de gobierno del presidente Barack Obama, el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca.

El primer contrasentido debe asumirse como un punto histórico: Obama tenía la imagen afroamericana, aunque su gobierno poco o nada hizo a favor de los afroamericanos y sus derechos sociales, ni tampoco destacó por alguna política progresista de fondo.

La propia figura de Trump dominó en el escenario: blanco, grande, grueso, gritón, rubio acentuado.

Y su discurso racista y supremacista contra las minorías hispanas –no contra las afroamericanas– se potenció por su énfasis hacia los migrantes hispanos que llegaban en masa y sin cumplir con los requisitos migratorios indispensables.

El discurso del muro simbolizó el aislamiento medieval de una clase superior ante el acoso masivo de minorías raciales.

Pero lo que destacó por encima del perfil racial fue el dominio superior de nación.

Su lema Make America Great Again (el imperativo Haz a América Grande Otra Vez) tocó el nervio sensible del estadunidense medio que se sentía achicado por las críticas a su propio poder.

La frase de Trump podría tener algunos ecos distantes de la acuñada por el presidente Lyndon B. Johnson sobre “la gran sociedad”. En ambas existió un dejo de superioridad imperial.

Trump se quejó en su campaña que los EE.UU., eran minimizados en el mundo, a pesar de que el mundo existía gracias al poder estadunidense y que el pueblo estadunidense estaba en rumbo de asumir un cargo de conciencia de que su grandeza no debía existir, aunque sí su poder de vigilancia mundial.

Los EE.UU., eran indispensables para el equilibrio mundial, pero los acusaban igual de ser imperiales, explotadores e invasores.

El apoyo social de Trump no estuvo en el republicano medio o alto o en el conservador histórico o en el neoconservador bushiano –de Bush Sr.– o en el ciudadano ajeno a la política y el poder y sólo deseoso de seguir teniendo un sistema de despilfarro, drogas y bienestar a costa de la explotación.

Trump añadió a esa base social al estadunidense trabajador local, de condado, resentido, enojado con el Estado depredador fiscal en grado de burocracia ajena a los problemas del productor pequeño.

La fase de evasor fiscal de Trump le dio, de manera paradójica, votos de quienes deseaban imitarlo en esas acciones.

La bipolaridad demócratas-republicanos era clara en los niveles políticos y administrativos, pero no muy clara en lo social.

Trump descubrió a los grupos derechistas y ultraderechistas articulados a las doctrinas de la supremacía blanca y los potenció como base social indirecta.

Fueron esos grupos fuera del Estado y muchos de ellos anti Estado los que consolidaron la base electoral de Trump.

Las corrientes ultras han sido identificadas como violentas, pero se les ha escamoteado su perfil nacionalista en grado extremo y su tendencia a la autodefensa al margen del Estado y protegidos por las armas y milicias que permite la Segunda Enmienda.

En este contexto, Trump acudió a fortalecer la base social histórica, pero referida a la historia de la fundación de la nación.

En los más de dos siglos de existencia, la élite gobernante ha ido construyendo alianzas y compromisos que han lavado sus doctrinas originales.

En materia de migrantes hispanos, por ejemplo, Trump revivió el espíritu del oeste del siglo XIX que llevó a la casi extinción de los indios y de los mexicanos para conquistar territorio y crear una clase gobernante superior basada en la conquista.

El perfil afroamericano de Obama nunca se dio el objetivo de construir o adecuar la base social mayoritaria del país, a pesar de que Obama fue considerado como el primer presidente afroamericano de los blancos y sus dos periodos de gobierno priorizaron los intereses de las elites financieras, corporativas y militaristas.

La oportunidad de gobierno a un afroamericano requería de un mejor líder que Obama, quien apenas pudo dibujarse como un burócrata mediático sin proyecto social o racial de nación.

En el 2008 hubo un cruce de intereses agotados: los militaristas del viejo reaganismo, los frívolos de un Clinton de intereses de grupos militares y los de Bush Jr. marcados por un militarismo antiterrorista.

Trump y la tercera raza

Obama se confió en el mensaje implícito en el color de su piel, pero sin identidad de raza que pudiera resumirse en el concepto de negritud, con la mezcla de historia, raza, cultura y sobre todo una ideología de estirpe.

Trump emergió del fondo del fracaso social y de raza de Obama y dio el campanazo de alerta de la reactivación de la lucha de razas en los EE.UU.

En el 2020 el Partido Demócrata hubo de usar todo su arsenal sistémico para colocar a Joseph Biden, vicepresidente en los ocho años de Obama, como el candidato opositor, con resultados que le dieron votos de victoria al demócrata, pero mantuvieron la base social, electoral y de raza de Trump.

La crisis del Capitolio fue anecdótica, al margen del verdadero problema de los EE.UU.: la disputa de razas entre los supremacistas –que englobaría a todos los opositores a derechos de otras sangres– y los institucionales que han buscado una convivencia multirracial.

Los demócratas no han entendido el problema estadunidense y creen que recuperaran el pasado dándole a Trump una muerte cívica, pero no política ni racial.

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