Trump y los errores estratégicos de Pelosi

Trump y los errores estratégicos de Pelosi

El análisis estratégico del salto cualitativo hacia adelante que dio el presidente Donald Trump rumbo su reelección debe enfatizar el hecho de que la líder demócrata legislativa Nancy Pelosi se dejó llevar por sus sentimientos de aversión contra el mandatario y no por la racionalidad de la política.

En el acto de lectura del tercer informe sobre el estado de la Unión, el martes 4 de febrero, Trump hizo jugadas de alta política como ejercicio del poder: desdeñó a Pelosi y la hizo cometer el error de romper el discurso en público, dio por hecho la exoneración al día siguiente en su juicio en el Senado y usó la tribuna institucional del Congreso para hacer campaña en torno a la afirmación de “lo mejor está por venir”.

A la líder Pelosi le advirtieron que era un error político, un gran error político, instrumentar un juicio en los tiempos político-electorales encima, que además el contenido del juicio era gelatinoso y sumamente interpretativo y que al final de cuentas el Senado de mayoría republicana exoneraría a Trump.

El enfoque de Pelosi se basaba en el hecho de que Trump cometería muchos errores y que el desprestigio nacional e internacional ayudaría a bajarlo en las encuestas.

Los demócratas se perdieron en la falta de una línea de acción.

Los precandidatos presidenciales demócratas han carecido de brillo, se están peleando entre sí y Trump polarizó la contienda demócrata potenciando a un multimillonario enfermo que se dice socialista.

Se dio el caso de que el vicepresidente Joe Biden estaba en primer lugar de las encuestas, pero en fechas recientes el expresidente Barack Obama le quitó la confianza y avisó que no era su candidato.

El principal error estratégico de los demócratas fue considerar a Trump como una aberración republicana; sin embargo, Trump ha resultado un político hábil para socializar la agenda conservadora introduciendo el miedo a la pérdida del poder hegemónico mundial.

Algunos analistas han comenzado a analizar el modelo político de Trump como el de Esparta ante Grecia en la guerra del Peloponeso en el siglo V a.C.: atacar al adversario que puede equiparar el poder, a fin de impedir que haya otra fuerza dominante.

En el fondo, el imperialismo estadunidense sigue vigente y no hay ninguna potencia que pueda ocupar su lugar: China tiene sus propios problemas y carece de producción y tecnología, Rusia no es la URSS del comunismo todopoderoso y la Unión Europea apenas puede con sus propios Análisis Estratégico problemas.

Trump y los errores estratégicos de Pelosi

Y de los nuevos contendientes, Irán se acerca a la producción de la bomba nuclear, pero sin contar con una moneda fuerte, un sistema capitalista sólido y sin ejército más poderoso que el de los EE.UU.

Más que tambaleante, los gobiernos de Bush Sr., Clinton, Bush Jr., y Obama (1989-2016, 27 años de desconcierto mundial) apenas pudieron mantener a flote al imperio estadunidense por sus políticas conciliadoras.

Trump se montó sobre ese descontento y propuso reorganizar al imperio para refrendar su dominio autoritario.

Se trató de una política atrabancada, irrespetuosa de las relaciones internacionales y unidireccional en su discurso autoritario, pero al final de cuentas efectiva en sus objetivos: en las relaciones internacionales no funciona el respeto al adversario, sino el miedo al poderoso.

Ante la incapacidad de Bush Sr. para aprovechar la derrota de la URSS, las frivolidades sexuales de Clinton, la respuesta personal de Bush Jr.

contra Husein y el espejo de Obama que buscaba sólo reflejar su propia imagen idolatrada, los EE.UU., encontraron en Trump la meta de rescatar y reconstruir la grandeza opresora de los imperios.

La política migratoria restrictiva fue potenciada por Trump para regresar a los objetivos nacionales aislacionistas.

El saldo del primer cuatrienio de Trump puede ser censurable y criticable en el exterior, pero al interior de los EE.UU., rescató el espíritu de dominio imperial que sentó las bases del poderío de poco más de 200 años de existencia.

La clave del éxito de Trump ha sido la anulación del Estado agobiante sobre el ciudadano y la reactivación de la iniciativa individual.

Trump condujo el tránsito de los EE.UU., del mundo a los EE.UU., de América primero.

La política migratoria agresiva contra migrantes ilegales y los legales que vienen en busca de apoyo ha redefinido la política presupuestal de prioridad a los estadunidenses.

Este punto ayuda a redefinir los objetivos del imperio.

Las propuestas de los precandidatos demócratas buscan revertir ese espíritu de prioridad estadunidense para seguir construyendo una nación de solidaridades con los marginados: seguridad social gratuita, educación gratuita, programas asistencialistas con cargo al erario y tolerancia con los avances militares y geopolíticos de China, Rusia, Corea del Norte e Irán.

Las encuestas con los potenciales votantes no han hecho la pregunta fundamental: qué les gusta de Trump, un empresario ventajoso, un rico a costa de la explotación, un enemigo de las regulaciones del Estado y una figura desagradable en su lenguaje corporal y gestual.

En este sentido, no existen todavía análisis de la recuperación, vía de Trump, del espíritu de la codicia, la competencia y la explotación del capital que construyó el capitalismo depredador del siglo XX.

La derrota de Pelosi en el juicio contra Trump puede ser un adelanto del resultado electoral de noviembre de este año de 2020.

Lo que falta por explicar es como un hombre tan desagradable tiene el voto de sus ciudadanos.

Quizá porque los EE.UU., van a votar por la consolidación de la dominación imperial.

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